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Proyecto CRS-04

Una vez no basta (UVNB)

(Título provisional)


Presentación | Sobre los personajes | ELLA | ÉL 

Canlentando motores - 1ª Parte | 2ª parte

Y 63 capítulos después… ¡Habemus título!

Capítulos: 

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68 | 69 | Epílogo |

Una vez no basta, ¡ya tiene su sinopsis!

¡Una vez no basta ya tiene su portada!


Una vez no basta (título provisional), de Patricia Sutherland. Proyecto Exclusivo de Club Románticas Stories.




CRS-04. Una vez no basta (UVNB). Cap 68



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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68


Cuando Thomas regresó al coche, era un hombre con una certeza nueva: si existía la posibilidad de que un tipo como él sentara la cabeza junto a una mujer, esa mujer sin ninguna sombra de duda era Gayle.

Tener una relación estable no era algo que se hubiera planteado nunca. Ni siquiera pensaba en ello. Haber sido miembro de las fuerzas especiales del ejército durante años había cimentado en él la misma idea que tenían sus hermanos —excepto Martin—; que aspirar a hacer una buena carrera militar era incompatible con ser un buen marido y un buen padre. Una idea probablemente nacida de haber crecido viendo a su propia madre bregar sola para criarlos, educarlos y sacar adelante a la familia.  

O eso había creído; que sus razones tenían que ver con no estar obligado a elegir ser una cosa u otra. La verdad era que había dejado de ser militar hacía cerca de una década y, sin embargo, su forma de relacionarse con el sexo opuesto no había cambiado lo más mínimo. Le gustaba su vida tal como era. Disfrutaba haciendo y deshaciendo a su antojo sin dar cuentas a nadie. Y, a pesar de quedar con mujeres de manera muy asidua, nunca había sentido la necesidad de prolongar los encuentros una vez satisfecho el motivo que los propiciaba.

Tanto era así que, aunque la atracción que sentía por Gayle había sido enorme desde el primer momento, la había ignorado deliberadamente durante cuatro años. Al margen de su noble familia, con quien no tenía el menor interés de verse involucrado, y de que, por entonces, estaba aún casada, él pensaba que liarse con ella solo le traería problemas porque, en última instancia, no quería tener una relación con ninguna mujer. Solo le interesaba el sexo oportunista. 

La realidad se había ocupado de demostrarle que, cuando se trataba de Gayle, el sexo no era suficiente. Después de habérsela llevado a la cama, su necesidad de ella no había dejado de crecer. Había pasado de querer follársela a no poder parar de hacerlo. De ahí, a necesitar su compañía. De esta, a necesitar desesperadamente protegerla y a que la idea de perderla le resultara insoportable, a, finalmente, darse cuenta de que se había enamorado. 

Y todo eso en cuatro días. Ciertamente, tan intensos que habían parecido un siglo, pero solo cuatro al fin y al cabo.

Los tres siguientes le habían servido para confirmar que sus sentimientos no eran producto de las circunstancias. No tenían que ver con el estado de gran vulnerabilidad en el que se hallaba Gayle ni con que buscara refugio en él, pues a su lado se sentía segura. La situación de peligro inminente había pasado y, en cambio, sus sentimientos hacia ella, no. Al contrario, se habían hecho más grandes y más profundos.

Presenciar la última conversación que Gayle había mantenido con su padre le había mostrado una faceta de ella que lo había enorgullecido y enamorado mucho más aún. Y ahora, acababa de descubrir que esa faceta suya, leal y agradecida, había estado allí desde el principio. Desde antes de descubrir que hacerla suya una vez no bastaba. Que, tratándose de ella, nada nunca bastaba. Era asombroso cómo acciones aparentemente intrascendentes hablaban de la calidad humana de una persona, más alto y más claro que el más elaborado de los discursos. Gayle no se había detenido en el puesto de Asha por casualidad para comprar un café; recordaba —a pesar de su crisis de llanto y su terrible estado emocional— que él le había hablado bien de la comida que preparaban y, al marcharse de su piso la mañana siguiente, había hecho un alto en el camino para dejarle un regalo. Algo que le recordara, cuando él volviera a pasar por ese puesto, cuánto le agradecía que hubiera cuidado de ella, dándole cobijo y ofreciéndole palabras de consuelo en un momento difícil de su vida. 

Era imposible no enamorarse locamente de una mujer como ella.

Era imposible no desear tenerla a su lado siempre.

Thomas vio que Gayle le sonreía a través de la ventanilla y se inclinaba hacia el salpicadero para desbloquear el cierre centralizado. Él abrió la puerta trasera, dejó las dos bolsas de papel con asas en el asiento y la cerró. Ocupó su sitio al volante y le entregó a Gayle la pequeña caja con dos vasos largos y sendos tentempiés que portaba.

Ella reconoció la familiar caja y su contenido al instante. Y al hacerlo, su corazón se rio de felicidad. Había dos vasos de cartón de colorines con una tapa transparente que tenía una pequeña ranura de forma rectangular en un borde. A un costado había dos pajitas y otras dos cajas pequeñas cuyo contenido, a pesar de no estar a la vista, estaba segura de saber cuál era. 

—Vaya. Sí que tienes hambre —comentó, aludiendo a las dos bolsas de considerable tamaño que había dejado en el asiento de atrás.

No lo sabes tú bien… 

Aunque, en parte, no se trataba de la clase de hambre a la que ella se refería. Una de las bolsas contenía el desayuno; la otra formaba parte de un plan relacionado con alimentar su apetito erótico.

—Soy un tipo grande. Necesito un desayuno a mi medida —se limitó a responder, dirigiéndole una mirada sexy de la que ella se dio por aludida con una sonrisa. 

Mientras él se ponía el cinturón de seguridad, Gayle curioseó el contenido de los vasos y de las dos pequeñas cajas de cartón de la bandeja, como si no supiera de qué se trataba. Finalmente, la apoyó sobre su falda.

—Mmm… Chocolate, ¡qué rico! —exclamó, y, tras retirar el envoltorio de la pajita, la introdujo en la ranura de uno de los vasos y se lo tendió a Thomas.

Él dio un sorbo, lo saboreó y asintió, corroborando lo dicho por ella. Estaba delicioso. A continuación, dejó el vaso en el portavasos del salpicadero. Miró a Gayle de reojo. Ella estaba entretenida pelando su pajita.

—Y un cupcake de manzana con canela y cobertura de caramelo —apuntó él, a ver qué le respondía. 

Pero ella no dijo nada. 

A pesar de que Thomas sentía su mirada dulce, intensa, sobre él, Gayle permaneció en silencio. De modo que, cuando acabó la maniobra para salir del aparcamiento e incorporarse al tráfico, lo intentó de otra forma.

—Espero que te guste. La verdad es que está buenísimo, pero, si no recuerdo mal, la otra vez no llegaste a probarlo…

—Recuerdas bien. Lo que no me extraña: eres muy observador. Esta vez, lo probaré con mucho gusto —repuso con dulzura cuando ya estaba sacando el dulce de su pequeña caja—. Y, esta vez, te prometo que no voy a sufrir una crisis de llanto… 

 A continuación, Gayle acercó el cupcake a la boca de Thomas y después de que él le diera un buen mordisco, al fin probó el dulce.

—Es una delicia —concedió con una expresión de puro deleite—. Y como lo prometido es deuda, no voy a llorar… Aunque me conmueves, Thomas. Lo hiciste entonces y lo haces ahora. Probablemente, siempre lo harás. Eres de la clase de hombres que saben cómo llegar al corazón de una mujer sin necesidad de grandes gestos o palabras grandilocuentes.

Y tú eres de la clase de mujer que sabe cómo mantener mi vanidad feliz a tope…

—Pues, tiene gracia que lo digas… Porque cuando estoy con una mujer, su corazón es en lo último que pienso… —Fue decirlo en voz alta y darse cuenta de que eso había sido así antes. Ahora era diferente. Con ella era diferente. 

—Pensabas.

—¿Perdona?

Gayle bebió un poco de chocolate y sonrió.

—Digo que eso era lo último en lo que pensabas. Antes. En otra época. 

—O sea, antes de ti —precisó él, divertido.

—Me gusta pensar que sí. Que he supuesto un antes y un después en tu vida… Sin embargo, lo cierto es que todas esas cualidades —que seas observador, detallista, inteligente, considerado y un largo etcétera— ya estaban en ti. Digamos que yo solo conseguí que desearas mostrármelas.

Al margen de su dulzura arrolladora, había un deje travieso en el tono de voz de Gayle. Se trataba de una combinación devastadora para Thomas, pues lo ablandaba, lo excitaba y lo enamoraba más y más de ella, en un bucle infinito.

—Cuánta humildad…

Ella se rio, pero no hizo comentario alguno. Thomas sonrió para sí.

—No hace falta que seas tan humilde, ¿sabes? Has conseguido de mí mucho más de lo que dices… Y, como entre mis muchísimas cualidades también está la de no tener ningún problema en reconocer la valía ajena cuando es legítima, puedes fardar tranquila. 

A Gayle se le iluminó la cara.

—¡Vaya…! ¡Qué generoso! En ese caso, te tomo la palabra… Pero para alardear de lo mucho que he conseguido, voy a necesitar datos concretos… Tampoco es cuestión de atribuirme méritos inmerecidos, ¿no crees?

Thomas se rio de buena gana al tiempo que sacudía la cabeza.

—Lo que creo es que eres una encantadora de serpientes, nena. Menudo peligro tienes…

El sonido de un móvil interrumpió aquel momento de complicidad. Al ver de quién se trataba, el buen humor de Thomas cayó en picado. Durante un instante, de hecho, consideró seriamente la alternativa de no atender la llamada. Al fin, lo hizo a través del sistema Bluetooth.

—Hola, Declan —lo saludó sin ninguna efusividad.

Hola, Thomas… ¿Qué tal?

«¿Ahora te importa cómo estoy?», pensó Thomas. Sabía que era una frase corriente, pero él seguía lo bastante enfadado con Declan como para tomarlo a mal. 

—Bien —dijo a secas, ignorando la mirada dulce, pero claramente recriminatoria que le lanzaba Gayle.

Oye, te llamo porque… Bueno, Jana ha quedado con Gayle en ir a verla esta tarde, después de cerrar la boutique… —Thomas desvió su mirada hacia Gayle quien asintió, corroborando lo dicho por Declan—. Quería saber si te parece bien que yo también vaya. 

—¿Me preguntas si me parece bien que acompañes a tu chica? —se burló.

Te pregunto si estás dispuesto a hablar de trabajo conmigo mientras ellas se ponen al día.

Thomas respiró hondo. A bote pronto, la respuesta era no. Pero quizás pudiera convertir esa conversación que no deseaba tener en algo provechoso.

—Vale. Me gustan las cosas claras, así que cumplo en decirte que aún no sé si voy a volver a Keegan Security —dijo y no dudó en lanzar su órdago—. Lo que sé es que, si vuelvo, será para trabajar contigo, no para ti. 

Una sonrisa satisfecha brilló en el rostro de Gayle que extendió una mano y acarició suavemente la mejilla izquierda de Thomas. Él le dedicó una mirada seductora.

Joder. Qué increíble que volvamos a estar de acuerdo, tío —repuso Declan—. Lo echaba de menos.

La sorpresa de Thomas fue patente en su rostro. Ignoraba que Declan tuviera en mente asociarse con él y se dio cuenta de que, al margen de las diferencias que habían surgido en el caso de Gayle, una asociación entre ellos podía funcionar bien. Todo era cuestión de hablarlo.

—¿Qué, sobre las ocho o así? —propuso Thomas aún bajo los efectos de la inesperada respuesta de Declan.

Ocho y media, mejor. 

—Hecho.

Entonces, nos vemos esta noche, tío —se despidió Declan.

Cuando el silencio volvió a reinar en la cabina, Thomas miró brevemente a Gayle. Ella tenía una expresión risueña y no dejaba de mirarlo mientras bebía su chocolate. De buena gana, habría detenido el coche en mitad de la calle para averiguar lo que pasaba por su preciosa cabeza. Pero estaban a punto de llegar a su destino, lo que suponía que dispondría de tiempo e intimidad para hacer lo que le diera la gana y dado que sus necesidades empezaban a ser acuciantes, decidió continuar.

—¿Qué? —le preguntó tras echarle otro breve vistazo—. ¿Por qué me miras así?

—Y cómo no mirarte, Thomas. Soy humana, tengo debilidades… Y tú eres irresistible —coqueteó.

Nah… No me vengas con esas —se burló, aunque a ambos les quedó muy claro cuánto le gustaban sus halagos—. No te he preguntado por qué me miras, sino por qué me miras así.

La sonrisa de Gayle se hizo más grande y más traviesa.

—¿Pensarías que estoy siendo condescendiente si te confieso que me siento muy orgullosa de ti?

La satisfacción que Thomas sintió al oírla fue enorme y esclarecedora. Le informó que estaba muy enfermo de esa enfermedad llamada amor. Tanto como para que su vanidad estuviera celebrándolo por todo lo alto. 

Acababan de llegar a su casa. Los alrededores parecían despejados de presencias indeseadas y Thomas aparcó. Cerró el contacto y recién entonces se volvió hacia ella. Su mirada era tan intensa que la sonrisa de Gayle se desvaneció y su expresión se tornó igual de intensa.

—Pensaría… Pienso —aseguró él— que voy a querer que me lo demuestres. Y, mira por dónde, estás a dos minutos de tenerme, irresistible como dices que soy, tooodo para ti.


* * * * *



En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, Gayle entró y se apoyó contra la pared del fondo, donde había un espejo. Thomas la siguió al interior, portando en una mano las dos bolsas de papel con asas y la pequeña caja con los dos vasos de chocolate y el cupcake que quedaba. Pulsó el botón correspondiente y las puertas se cerraron. 

—Otra vez en un ascensor —murmuró él en tono sugerente, cuando este se puso en marcha.

Gayle sonrió.

La escena les resultaba de lo más familiar. Familiar y muy excitante. Esta vez, se hallaban en un ascensor más pequeño que el del lujoso edificio donde ella vivía y la proximidad de sus cuerpos debida a la envergadura de Thomas hoy suponía un estímulo añadido.

—Así es —repuso ella.

Pero no se quedó en palabras. 

Avanzó hacia él, invadiendo de forma deliberada su campo vital, estiró un brazo y pulsó el botón de parada. Notó que un relámpago de deseo atravesaba los hermosos ojos azules de Thomas y elevó el mentón complacida al comprobar la arrolladora energía que emitía su cuerpo.

El relámpago era tan real como su energía arrolladora porque, en efecto, Thomas había pasado de cero a cien en un instante. Gayle estaba haciendo lo mismo que él había hecho la vez anterior que habían compartido un ascensor. Lo estaba reproduciendo paso a paso. Aquella noche, la temperatura se había disparado y él se había dado cuenta de que ella era receptiva a la idea de darle al ascensor un uso alternativo. Solo que entonces no había tenido la ocasión de confirmarlo. 

Gayle lo excitaba; siempre había sido así. Con más razón ahora, que estaba enamorado. Lo ponía a mil la idea de tener sexo con ella en cualquier parte, ¿pero en aquel metro cuadrado donde estaban? Joder. Casi no podía esperar para quitarle las bragas y hacérselo allí mismo. De pie y contra la pared lateral para que ella, que adoraba los espejos, pudiera verlo en el que había en la pared del fondo.

Sin embargo, se obligó a no mover un músculo. 

—Aquí no hay conserje —le advirtió, desde su altura de gigante con los ojos brillantes de lujuria.

Gayle se puso de puntillas, le pasó ambos brazos alrededor del cuello y volvió a elevar el mentón.

Cuando sus miradas se encontraron, saltaron chispas en todas direcciones.

—¿Lo necesitamos para algo? Diría que esta fiesta es privada… —musitó, obligándolo a agacharse hasta su nivel. 

«Y tan privada», pensó él, más caliente por momentos al saber que esta vez no se quedaría con las ganas. Era evidente que ella estaba dispuesta. Él, por su parte, llevaba condones suficientes en el bolsillo interior de la parka. Iba a decirlo en alto. Sabía que eso la encendía y estaba decidido a meter toda la carne en el asador. 

Pero ella no le dio tiempo a hacerlo.

Para mayor locura de Thomas, Gayle se adueñó de su boca en un beso pleno y, un instante después, con aquellos modos suyos tan delicados y elegantes, empezó a desabrocharle el cinturón.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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CRS-04. Una vez no basta (UVNB). Cap 69



Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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69


Thomas se quedó quieto cuando un vecino del edificio voceó reclamando el ascensor. Al grito siguieron dos golpes secos en las puertas metálicas. Provenían de arriba. Probablemente del último piso. Y dejaban claras dos cosas: la creciente impaciencia del individuo y que este se había dado cuenta de la razón por la que el ascensor estaba detenido entre la planta baja y el primer piso.

No hacía falta ser adivino para saber lo que estaba sucediendo en el interior de aquel cubículo de metal de poco más de un metro cuadrado. Las vigorosas embestidas resonaban en el interior del conducto, amplificando el sonido y conduciéndolo a todas las plantas del edificio.

A pesar de su acuciante necesidad de sexo y de la proximidad que permitía el tamaño del ascensor, llevar a cabo el acto estaba suponiendo un desafío. La superficie lisa de las paredes no ofrecía ninguna resistencia a la fricción de dos cuerpos en plena faena sexual. Thomas y Gayle habían probado varias ubicaciones y la única que finalmente se adecuaba mejor era la que tenían cuando el grito de un vecino los había interrumpido. Ella estaba de espaldas contra el ángulo izquierdo del fondo del ascensor, con su pie derecho apoyado contra la puerta, mientras él la sostenía fuertemente con un brazo y usaba su propio cuerpo para asegurar la posición de ambos.

El gran desafío no había hecho sino encenderlos más. Tanto, que Thomas había cumplido en advertirle que «la cosa iría rápido». 

Los juegos eróticos de la tarde anterior habían supuesto tan solo un tentempié. De modo que cuando ella, sorprendentemente decidida a engancharse con él en aquel ascensor, le había bajado la bragueta, Thomas ya estaba pasado de revoluciones. Lo bastante para intuir que la experiencia esta vez sería muy diferente de la que ella recordaba. De ahí su advertencia que, en realidad, no había sido la única.

No había tiempo que perder, por lo que, después de bajarse los pantalones y de que ella se quitara el culotte, él se había colocado el condón con rapidez supersónica y se habían puesto a la tarea con urgencia. Febrilmente. Encontrar la posición idónea, con algunos de sus intentos totalmente fallidos y otros incompletos, había incrementado la dulce agonía. Los besos plenos que no dejaban de prodigarse y la avidez con que frotaban sus cuerpos uno contra otro eran una prueba de lo al límite que estaban los dos.

Pero incluso la postura más idónea que habían hallado dentro de aquella caja metálica de paredes resbaladizas en la que no había ni un triste reborde del que asirse, no era la adecuada. Mantenerla suponía un gran esfuerzo físico, especialmente para él, y la única ventaja que Thomas le encontraba era que, por una vez, no tenía que rodear la base de su pene con tres dedos para controlar la profundidad de sus acometidas, pues la propia postura impedía que la penetración fuera completa.

Había sido en medio de dos de aquellos besos incendiarios, que él le había hecho la segunda advertencia:

—Cinco veces, seis como mucho, y se acabó. No puedo más.

Pero vive Dios si había podido… 

De hecho, y aunque ambos estaban demasiado embriagados para mantener la cuenta mental, Thomas iba por la onceava embestida cuando las voces del vecino habían puesto en pausa la escena de tres rombos que se desarrollaba en el ascensor.

La pausa, sin embargo, fue muy breve.

Brevísima.

El tiempo que a Gayle le tomó encaramarse sobre Thomas, abrazar su cintura con ambas piernas y descender lentamente sobre su miembro al tiempo que musitaba encendida:

—El ejercicio es bueno para la salud. Que baje por las escaleras.


* * * * *


Lo que había comenzado en el ascensor continuó en el piso de Thomas igual de febril y efervescente.

Se habían despojado con urgencia de la ropa que aún vestían hasta quedar totalmente desnudos uno frente al otro. Libres de obstáculos que limitaran sus movimientos, con toda la casa para ellos y al abrigo del profundo sentimiento amoroso que los unía, se habían dedicado a explorar el lado más íntimo de su relación.

Al igual que la noche que habían compartido en la suite del Langham, la pasión los había llevado por distintos rincones de la casa y no había habido mucho diálogo entre ellos. Tan solo el necesario para asegurarse de que lo que sucedía era placentero para ambos. 

A diferencia de entonces, no habían hecho una pausa para comer: habían disfrutado de la buena cocina de Hadiza y Asha Okori, usando el cuerpo del otro a modo de plato, por lo que el contenido de la segunda bolsa, que era en realidad lo que Thomas había comprado con intenciones lujuriosas en mente, aún permanecía intacto.

El proceso de alimentarse de esa forma había sido tan excitante como lento. Habían cortado los sándwiches de pollo en trozos regulares y pequeños que le servían al otro de su propia boca. Besándose, entre trozo y trozo e, incluso, haciendo el amor antes de continuar con el siguiente bocado. 

Gayle había tenido múltiples orgasmos mientras él daba cuenta de un cupcake. Primero, mientras se lo comía, tras apoyarlo sobre su pubis. Después, cuando lamía su vello púbico, retirando los restos de caramelo con el que había rociado el cupcake. Las incursiones de la lengua de Thomas entre sus piernas, que, finalmente, acababan profundamente dentro de su vagina, le habían arrancado numerosos gritos de placer. 

Cuando le había tocado el turno, Gayle había ignorado el cupcake y había ido directamente a por el vaso de caramelo líquido. Con Thomas echado de espaldas sobre la cama, había dibujado una huella de pequeñas gotas que empezaban en el cuello, atravesaban el centro de su pecho, continuaban por cada pierna —primero, una y después, la otra— y finalmente, trazaban una especie de círculo alrededor de la base de su pene. La razón de que fuera allí y no en el perfil externo era que, desde que habían entrado en el ascensor, el miembro masculino no había vuelto a su condición normal, excepto durante los breves periodos de refracción.

Trazar aquel dulce sendero estaba probando haber sido infinitamente más rápido que recorrerlo con su boca. Thomas era muy sensible al contacto de sus labios y le costaba estarse quieto. De hecho, cuando Gayle recorrió con la punta de la lengua la pequeña huella de gotas que había trazado alrededor de su ombligo, él se estremeció. Cogió su propio miembro, presionándolo, mientras emitía un quejido.

—Dame un segundo —suplicó con los párpados apretados.

Verlo sobre aquella cama, con las rodillas flexionadas y las piernas abiertas, la cabeza de su miembro erecto asomando por el puño que formaba su mano al rodearlo, mientras su hermoso rostro varonil se contraía en un gesto de contención, fue el mayor de los afrodisíacos para Gayle. 

Se estiró hasta la mesilla, cogió una de las bolsitas metálicas y después de rasgarla con los dientes, extrajo el contenido. Apartó con suavidad la mano con que Thomas empuñaba su miembro. Él abrió los ojos. La miró. 

—Si me das un segundo… —insistió en un murmullo. 

Thomas no quería estropearle la fiesta, que era también la suya propia, aunque él estuviera tan caliente que apenas pudiera tolerar una caricia. El recorrido que ella hacía le resultaba enloquecedor. Se moría de ganas por sentir su lengua suave y caliente barriendo su piel en esas lánguidas caricias que lo ponían al límite. Ya estaba fantaseando con sentirla alrededor de su verga. No quería perdérselo por nada del mundo.

La mano de Gayle ocupó el lugar de la de Thomas. Sostuvo su miembro mientras desenrollaba el condón con la otra, deslizándolo hacia abajo con movimientos deliberadamente intrusivos.

—¿Para qué necesitas un segundo? —musitó.

Ay, joder… Para ya. Para, para, para.

—¿Y tú qué crees? —se las arregló para responder, envuelto en un largo jadeo.

Los latidos del corazón de Thomas eran tan fuertes que no solo él podía sentirlos. A pesar de que su propio corazón estaba desatado, Gayle podía notar cómo se sacudía el pecho de Thomas. 

—Hay otra opción —propuso, colocándose a horcajadas sobre él.

Thomas inspiró profundamente. Las ganas de sentir los músculos de su vagina resistiéndose a su incursión le hicieron la boca agua. Tenía razón, pensó. Podían dejar la ruta del caramelo para más tarde. Ahora lo que necesitaba era estar dentro de ella. 

—Veo que te atrae la idea… —musitó ella. Tomó una mano masculina, la dirigió hasta su miembro, instándolo a que lo mantuviera firme en esa posición perpendicular a su cuerpo. Él la dejó hacer.

Durante unos instantes, se dedicó a contemplarla. Dejó que sus ojos se llenaran de aquella visión alucinante, saboreándola, disfrutándola. Sabiendo que era la antesala a otro momento de suprema locura en el que recorrerían la casa, explorándose mutuamente, cambiando la postura, la intensidad, la frecuencia… y que, probablemente, sería ella quien llevaría la voz cantante la mayor parte del tiempo, algo que lo excitaba tanto o más que el acto en sí. 

A veces, la penetraría despacio, muy suavemente. Otras, la embestiría con fuerza, pero sin llegar a introducirle todo el miembro. Debía ser cuidadoso, pues una penetración completa a destiempo podía provocarle molestias o, incluso, dolor. 

Otras veces, las caricias, los besos y la propia cercanía de sus cuerpos hambrientos de intimidad se ocuparían de mantenerlos a los dos ardiendo en su propio fuego. Un fuego que parecía no extinguirse del todo. Su necesidad de ella siempre estaba ahí, agazapada, a la espera de una sonrisa o una mirada que volviera a empujarlo a sus brazos, loco por desnudarla y hacerle el amor otra vez.

Gayle era como un enorme campo magnético para él. Todo en ella le resultaba irresistible. Su sonrisa: era cálida, amable, y lo primero en ella que lo había cautivado. Su rostro. Era un rostro con personalidad en el que no había rasgos que destacaran por encima de otros. En conjunto resultaba sumamente atractivo y muy femenino. Su pelo largo y sedoso, que siempre lucía estupendo. Incluso ahora que, algo enmarañado, caía sobre sus hombros y su espalda. La suavidad de sus curvas. El movimiento sensualmente elegante de sus caderas al andar. Sus pechos redondos y firmes, lo bastante grandes para que cualquier prenda escotada le sentara de maravilla, pero no demasiado para calificarlos de exuberantes… Sus areolas eran grandes y estaban coronadas por unos pezones protuberantes que reaccionaban enseguida cuando él los lamía. Ese era un verbo muy presente en su interacción sexual, pensó. Un verbo en el que ella era tan activa como él. Lo habían descubierto en su primera noche en la suite y hoy habían vuelto a comprobarlo. 

Thomas adoraba todo en Gayle. Cada centímetro y cada poro de su piel. Lo que estaba a la vista y lo que no. Lo que era como mujer y lo que era como persona. El amor, al que había vivido de espaldas nada menos que treinta y nueve años, se había presentado al fin sin anunciarse, entrando en su vida como un tornado y cambiándolo todo en un instante…

La realidad volvió a imponerse y Thomas agarró firmemente las caderas femeninas, guiando aquellos hipnóticos movimientos que lo empujaban un poco más adentro cada vez.

Pasaron los minutos, los movimientos se volvieron más rápidos y los jadeos empezaron a llenar el silencio. 

Fue entonces cuando Thomas impuso una imprescindible pausa a la locura, incorporándose hasta sentarse e instándola con suavidad a que se levantara un poco para que él pudiera retirarse. En un principio, Gayle gruñó, buscó prolongar el momento besándolo, pero al fin obedeció. Se abrazaron, descansando mejilla contra mejilla, mientras su agitada respiración se iba calmando poco a poco.

Ella suspiró.

—Adoro que hagas esto…

—¿Qué?

—Parar… para poder seguir.

Él sonrió, aunque, por la posición, ella no pudo verlo.

—No me pareció que esta vez estuvieras muy por la labor, que digamos…

Ella también sonrió y, aunque él tampoco pudo verla, lo notó en su tono de voz.

—Es que también lo odio —reconoció.

—¿En qué quedamos?

Los dos se rieron bajito y luego permanecieron en silencio un rato antes de que ella volviera a hablar.

—Es que… me cuesta renunciar al enorme placer que me proporcionas. Aún sabiendo que renunciar ahora supone un placer mucho mayor después, cuesta… Esta parte de mi vida ha sido bastante desastrosa hasta que te conocí…

—¿Vamos a ponernos serios? —se burló él al tiempo que buscaba su mirada—. Nos hemos quedado a medias, por si no te acuerdas… Especialmente, yo —enfatizó con segundas.

Esta vez, Gayle se rio de buena gana. Tomó el rostro de Thomas entre sus manos y le dio pequeños besos sobre los labios en un intento cómico de consolarlo.

—Es cierto. Perdóname, por favor… 

Thomas le dedicó una mirada socarrona, pero no volvió a su posición original. Siguió mirándola mientras ella le acariciaba la barbilla, jugueteando con su incipiente barba.

—¿Por qué dices que era desastrosa?

—Porque ninguno de los hombres con los que estuve tenía la menor idea de cómo tratarme. Íntimamente, quiero decir —suspiró—. Al margen de lo que hayas podido deducir de mi última conversación con mi padre… Lo cierto es que soy incapaz de tener sexo con un completo extraño, por muy atractivo que me resulte. Siempre eran hombres con los que mantenía algún tipo de relación previa. Compañeros de estudios, amigos de amistades cercanas… Siempre era gente de mi entorno que conocía en otras facetas y me resultaba interesante. Sin embargo —matizó con una sonrisa traviesa—, que tuvieran una conversación interesante o, incluso, una mente interesante no implica necesariamente que en la alcoba también lo fueran… No lo eran. En absoluto —enfatizó con segundas, imitándolo.

Thomas se rio.

—¿Pim, pam, pum y a otra cosa, mariposa? —quiso saber. 

La sonrisa de Gayle se hizo más grande y más pícara. Su mirada se ocupó de comunicarle que para resumir la performance sexual de todos ellos era suficiente con «pim pam».

—¡Joder! —exclamó él y ambos se rieron durante unos instantes.

—Y en cuanto al individuo con quien me casé… —Gayle se había prometido que no habría espacio para Kyle en su nueva vida y estaba decidida a cumplirlo—. Digamos que conllevó muchas horas de terapia comprender que el problema no era yo. Que no era fría, ni apática ni, mucho menos, frígida. 

Aquella última palabra se clavó en la mente de Thomas. La recordó en boca de Baxter, pues así se había referido a ella el día del brunch.

Grandísimo hijo de puta. Qué ganas de sacarlo a hostias del calabozo donde lo habían metido y darle hasta cansarse… 

Entonces, reparó en otra palabra: «terapia». Recordó que el médico de Gayle había mencionado el nombre de alguien, que él había deducido que sería un psicólogo o un psiquiatra. 

—¿William? —preguntó.

Gayle se lo quedó mirando pensativa unos instantes. Al fin, sacudió la cabeza al tiempo que sonreía. Decididamente, no estaba acostumbrada a semejante nivel de atención en un hombre. 

—Eres sorprendente, Thomas… Sí, Richard mencionó su nombre cuando estuvo a verme. Es William Lloyd-Thompson, mi psicólogo. 

Thomas asintió. Rodeó la cintura de Gayle con ambos brazos, atrayéndola hacia él, decidido a cambiar el tono de la conversación.

—O sea, que si ese sábado de hace mil años, cuando me lanzaste esa mirada que no desintegró mis gayumbos por pura casualidad, yo no me hubiera retirado a mi seguro refugio del autocontrol —dijo, haciendo reír a Gayle al usar la misma frase que ella había acuñado para referirse a ello el día anterior—, te habrías ahorrado una pasta en terapia. Ya ves. Un revolcón y adiós a tus traumas.

—Así que te acuerdas… —coqueteó. Se estaba refiriendo a la primera vez que se habían visto.

—Ajá.

—Vaya… Creí haber sido más sutil de lo que tus palabras dan a entender… Incluso, llegué a pensar que había sido demasiado sutil y no lo habías notado.

—Hay que ser ciego o idiota para confundir tus modales elegantes con desinterés. Y yo no soy ni una cosa ni la otra. 

—Por tanto y, a pesar del efecto «desintegrador» de mi mirada, tu reacción fue ignorarlo. Es decir, ignorarme.

—Ajá.

—¿Puedo preguntarte por qué? —La voz de Gayle sonó intensamente dulce a la vez que intrigada.

Estaba acostumbrado a acaparar la atención femenina dondequiera que fuera. Todas las mujeres se lo comían con los ojos. ¿Por qué ella iba a ser distinta? Su vanidad se había quedado a gusto apuntándose otro tanto y, como el tipo inteligente que era, había seguido con lo suyo, sin más. Solo le importaba el sexo. No necesitaba complicarse la vida revolcándose con una mujer de la aristocracia para tenerlo.

—Porque no me interesaba tener una relación.

Ella arrugó el ceño sin dejar de sonreír.

—Sigues sorprendiéndome… Yo estaba casada. No ibas a tener una relación conmigo, Thomas. 

—¡¿Estás de coña?! —exclamó con fingido asombro—. Hace una semana, todavía no te había tocado un pelo y míranos ahora. ¿Sabes lo que mis grandes dotes de observación y análisis me dicen? Que, a este ritmo, estaré casado y con dos hijos antes de que acabe el año…

Bromeaba y así sonó, pero en el fondo, no era tal broma. Era un hecho que las cosas entre ellos se estaban desarrollando a velocidad vertiginosa.

—¡Eso es virtualmente imposible! —se rio Gayle, divertida y enamorada a partes iguales. No obstante, su rostro pronto se tornó serio—. Escucha, Thomas… Anoche, la emoción y las circunstancias del momento no me permitieron aclarar que no se trata de tener un hijo sin más. Quiero compartir mi vida con alguien que me adore, construir una vida juntos, una vida nuestra, lejos de las exigencias de un apellido que no elegí tener… Entonces, y solo entonces, será el momento de cumplir el sueño de convertirme en madre. Mi primer intento ha resultado el más absoluto de los fracasos… Las heridas aún no han cicatrizado del todo… —Suspiró—. Mucho me temo que, esta vez, el proceso llevará su tiempo.  

Thomas se sorprendió a sí mismo recordando las palabras de Lenora. Y sorpresa definía muy bien lo que sentía, pues estar desnudo con una mujer en su regazo no era la circunstancia más idónea para pensar en su madre. Sin embargo, sus palabras resonaron como si las estuviera oyendo: «¿Y ella sabe todo esto? ¿Se lo has dicho?».

La respuesta era no, pero estaba a punto de cambiar.

—A lo mejor, no lleva tanto tiempo como piensas… —dejó caer él.

 Hizo una pausa para observarla bien. La mirada de esos ojos preciosos y brillantes le hizo desear hacerla suya otra vez. Sin más. Sin hablar. Tan solo sentir intensamente. Se contuvo y continuó.

—Lo digo porque al tipo que te adora ya lo tienes. Así que… —Esta vez, notó que los ojos femeninos se llenaban de lágrimas.

Gayle lo sabía. Había oído a Thomas hablando con su madre en la cocina. Pero oírselo decir mientras la miraba con esos ojos que le acariciaban el alma era… 

Oh, Dios… 

No había palabras para describir cómo se sentía.

Sin embargo, aunque no fuera capaz de hallarlas, sabía que las lágrimas no hacían honor a sus sentimientos. Más aún; no tenían lugar en aquel momento. 

El tiempo de llorar había terminado.  

—¿Te refieres a ti? —coqueteó al tiempo que jugueteaba con su barba.

—¿Tienes algún otro tío guardado por ahí al que dedicarle la poca energía que te queda cuando te levantas de mi cama? 

—A lo mejor no acabas conmigo tanto como crees… 

—¿En serio? —se rio—. ¡Joder, cómo te creces! Y luego me llamas petulante

Thomas rodó sobre ella en un arranque de ternura y cuando Gayle quedó de espaldas sobre las sábanas, hizo que extendiera los brazos en cruz y los mantuvo en esa posición con sus propias manos.

Se miraron intensamente y él fue a por todas.

 —Claro que hablo de mí. Te adoro… —Decirlo en alto, poner nombre y apellido a sus sentimientos le resultó tan adictivo como todas las demás experiencias que había vivido junto a ella—. Estoy enamorado hasta las trancas de ti… 

—Y yo de ti, Thomas.

—Tú de mí, ¿qué? 

Gayle se estiró hacia delante para alcanzar los labios masculinos. En su posición, dependía de Thomas para conseguirlo y él no hizo los honores. Al contrario. Permaneció mirándola, exigiéndole tácitamente una respuesta.

—No tengo tus grandes dotes de observación y análisis, pero sé, en mi corazón, que eres el hombre de mi vida, Thomas. Te quiero con locura. Con una locura muy grande y muy loca. —Esbozó una sonrisa dulce y musitó—: ¿Quieres que siga?

Un estremecimiento recorrió a Thomas de la cabeza a los pies. Realización. Amor. Locura. Un millón de emociones llenaban cada rincón de su cuerpo. 

—Ya te digo si quiero… Pero no ahora —musitó—. Ahora tengo otros planes.

Entonces, un beso pleno puso el broche final al intenso momento de confesiones románticas.

Y, como ya era habitual en Thomas y Gayle, marcó el comienzo de otro apasionado cuerpo a cuerpo que los llevó a descubrir nuevos rincones de la casa hasta bien entrada la tarde.


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©️2026. Patricia Sutherland. Todos los derechos reservados.
Este material es solo para tus ojos. No lo compartas ni lo transcribas.
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Publicación: Sin fecha prevista (Exclusiva CR Stories)
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- I -


Thomas recorrió el pequeño sendero de canto rodado que acababa frente a su cabaña y detuvo el SUV. El empleado de seguridad que estaba en el porche ya había descendido el primer escalón cuando Thomas le indicó con un gesto que esperara. No era el único que había por los alrededores. Lord Middleton había querido asegurarse de que nadie pudiera acercarse a menos de quinientos metros de su hija. De hecho, había exigido que se inspeccionaran los aledaños. No quería cámaras captando momentos privados desde la distancia. Y, por una vez, Thomas no tenía nada que objetar a lo dicho por el noble.

Cerró el contacto y se giró hacia Gayle. Ella había hecho buena parte del viaje conversando animadamente, pero desde que se habían desviado de la autopista para recorrer los últimos diecisiete kilómetros, el silencio había reinado en la cabina. Tras sus gafas oscuras, parecía ir descansando con los ojos cerrados. Sin embargo, Thomas sospechaba que había más preocupación que relajación en ella.

Al notarse observada, Gayle abandonó su ensimismamiento con una sonrisa amable.

—Qué rápido hemos llegado… Luego podríamos dar una vuelta por los alrededores. Martin me dijo que el río Ouse está al otro lado del… 

Los dedos de Thomas se posaron sobre sus labios el tiempo suficiente para impedirle continuar. Luego, los retiró y dijo:

—Haremos lo que te apetezca. Ahora, dime: ¿estás segura de esto? No tienes que hacerlo. No tienes que demostrarle nada a nadie, y menos a mí.

Ella extendió su mano hasta la barbilla masculina, que acarició con suavidad.

El tema había surgido hacía tres días, cuando William Lloyd-Thompson, su psicólogo de siempre y el que finalmente la estaba tratando en relación al acoso del que había sido víctima, le había sugerido una visita a la cabaña a la que ella no había regresado desde aquel domingo aciago. Gayle había perdido la cuenta de las veces que Thomas le había formulado la misma pregunta. Por el momento, no había expresado su opinión abiertamente sobre la sugerencia del psicólogo, pero estaba claro que le preocupaba el efecto que pudiera tener sobre ella regresar a ese fin de semana aterrador de su vida.

—Sí, estoy segura —repuso con la misma dulzura con la que había respondido a la pregunta todas las veces anteriores—. Te prometo que si en algún momento mi valor flaquea, te lo diré.

Thomas apartó la barbilla de la mano que la acariciaba en un gesto disimulado por evitar el contacto y expulsó el aire por la nariz. El empleado de seguridad seguía en el mismo escalón, mirándolos desde allí. Esperaba su señal. Pensó que, si de él dependiera, sería una señal de adiós. 

Gayle estaba pasando por un proceso duro, retomando su vida cotidiana —su trabajo, sus contactos profesionales, su agenda social— después de una situación traumática que había acaparado los titulares de las noticias, dinamitando su privacidad. Raro era el día en que su nombre o su foto no aparecían en algún medio de comunicación. Especialmente, después de que las dos investigaciones policiales —la de la policía de Londres y la de Lewes, en el condado de East Sussex— confluyeran y la figura del «heroico guardaespaldas» saltara a la palestra, alimentando toda clase de historias rocambolescas de celos y venganzas. Así que, normalmente, él optaba por complacerla, pues no quería convertirse en un obstáculo más. Pero, esta vez, decidió que había llegado la hora de mostrarse menos complaciente.

—No entiendo por qué te has puesto cabezota con volver aquí —se sinceró—. Te ha costado un triunfo empezar a recuperarte. Ahora comes mejor, duermes mejor… Estás a punto de ganarle la partida a la anemia… No entiendo por qué te arriesgas a fastidiarlo todo reviviendo esa puta noche ahora. Y, la verdad, tampoco entiendo por qué tu loquero te aconseja esto… Cualquiera en sus cabales te diría que dejaras la visita a la cabaña de los horrores para dentro de unos meses, cuando estés bien de verdad… 

Gayle volvió a tomar la barbilla masculina, la usó a modo de timón para hacer que él girara la cabeza y sus miradas volvieran a encontrarse.

—Admito que aquí pasé el peor día de mi vida. —Vio que Thomas asentía enfáticamente, pero esta vez no evitaba el contacto de su mano, y eso la animó a continuar—: Sin embargo, también es el lugar donde descubrí que eres el hombre más honesto y cabal que he conocido… Y el lugar donde me enamoré de ti. 

Ya estamos otra vez… Thomas puso los ojos en blanco. 

—Esta cabaña es una parte importante de nuestra historia —continuó ella—, y no voy a enterrarla en el fondo de mi mente para evitar enfrentarme a mis demonios. Al miedo solo lo vences mirándolo de frente y tú me has dado más razones que nunca para hacerlo.

Él la observó durante unos instantes, analizándola a ella y a sus hipotéticas razones. Como correspondía a la encantadora de serpientes que era, su argumento era bueno. Con él, conseguía acariciarle el corazón y halagarle los oídos, todo a un tiempo. Pero algo no cuadraba. El momento fallaba. ¿Por qué ahora? ¿Por qué tanta prisa? Thomas negó con la cabeza.

—No, no cuela —sentenció. 

Tomó la mano que le acariciaba la barbilla y, tras depositar un beso sobre ella, se la devolvió a su propietaria. 

—Ha pasado algo. No hemos hablado de la cabaña en dos meses, ¿y ahora, de repente, es una parte importante de nuestra historia? Qué va. Aquí hay gato encerrado —razonó él—. Así que te propongo un trato: me dices lo que pasa y, si me parece razonable, te permito seguir con tu plan. O bien, no me lo dices… Doy la media vuelta ahora mismo y volvemos a Londres. ¿Qué te parece?

—Podría pedirle a ese señor tan serio que nos espera en el porche que me abriera la puerta de la cabaña, ¿sabes? —coqueteó—. Puedo ser muy convincente cuando quiero…

Él esbozó una sonrisa socarrona. La había pillado: definitivamente, había gato encerrado. ¿Por qué, si no, iba a echar mano de sus armas de seducción en un momento como aquel?

—Ya te digo si puedes ser convincente… ¿Pero tanto como para que ese señor tan serio tire la puerta abajo por ti y se la descuenten del sueldo? —Se tocó el bolsillo de los vaqueros con un gesto deliberadamente sexi—. Las llaves las tengo yo.

Entre las exigencias de su aristocrático padre también estaba que el personal tuviera libre acceso al interior de la cabaña y las demás construcciones de la propiedad, pero Thomas se había negado. Él era especialista en seguridad y la cabaña era suya; se ocuparía personalmente de protegerla.

Gayle se apuntó sin demora al juego de las insinuaciones.

—En ese caso, quizás pueda intentar robártelas, ¿no crees?

—Puedes intentarlo; que lo consigas es otra cuestión… —concedió él—. Pero este coqueteo que me encanta, eso que quede muy claro… Tampoco cuela. Dime lo que pasa, nena.

Ella hizo un mohín tristón. 

—No quiero que vendas la cabaña —admitió al fin.

—¿De dónde has sacado eso…? —Entonces, lo comprendió—. Lenora, claro, cómo no. Joder, ¿voy a tener que cerrarle la boca con esparadrapo? ¡Fue un comentario, nada más!

—Que no me hiciste a mí —matizó ella con suavidad.

A Thomas le encantaba su cabaña. Había trabajado en ella todo lo que su escaso tiempo libre le había permitido desde que la había comprado. Pero después de lo sucedido allí, entendía que para Gayle probablemente nunca sería un lugar al que deseara volver. Y como no tenía ninguna intención de quitarla a ella de la ecuación de su vida, estaba claro que el elemento a quitar era la cabaña. Venderla y comprar otra parecía lo más lógico. Pero era solo una idea, algo que se le había ocurrido durante una conversación con Lenora y el general, de lo que, en efecto, no le había hablado a Gayle porque había sido simplemente un comentario. O, quizás, precisamente, por evitar lo que estaba sucediendo ahora.

Thomas entonó el mea culpa. 

—Que no te hice a ti —concedió—. Vale, a ver… Si te prometo que no voy a venderla, ¿podemos largarnos de aquí y volver dentro de un año?

Una sonrisa traviesa brilló en los labios femeninos.

—Vaya… ¿Estás sugiriendo que seguirás a mi lado dentro de un año? 

Este nuevo coqueteo (a pesar de cuánto le gustó a Thomas) tampoco coló.

—¿Quieres hacer el favor de centrarte, Gayle?

—De acuerdo, mandón… ¿Tengo que recordarte que me has propuesto un trato y que he cumplido mi parte? 

En ese momento, como una ratificación de la pésima idea que era que estuvieran allí, comenzó a llover. Lo había hecho de manera intermitente durante todo el viaje, pero ahora llovía con fuerza. Igual que aquella terrorífica noche en la que su exmarido psicópata había conseguido llegar a diez metros de donde estaba ella. 

Se miraron durante unos instantes. Thomas negó con la cabeza, contrariado.

—Por favor, dime que no estamos a punto de joderlo todo por un comentario sin importancia…

Uno de los mayores problemas con los que Gayle se había encontrado eran las pesadillas. Durante el primer mes, la habían despertado cada noche, induciendo tal estado de ansiedad en ella, que habían convertido en un suplicio la sola idea de tener que cerrar los ojos para dormir. La falta de sueño había trastornado su metabolismo, complicando seriamente su recuperación. Pero, desde hacía tres semanas, las cosas habían empezado a mejorar paulatinamente. Ahora las pesadillas eran menos frecuentes y sus efectos, menos devastadores. A veces, ni siquiera conseguían despertarla del todo. Ella gritaba en sueños, su respiración se agitaba, pero, instantes después, continuaba durmiendo con normalidad. Thomas lo sabía porque, a pesar de que no vivían oficialmente bajo el mismo techo aún, dormían juntos casi todas las noches. Algunas veces, se quedaban en su piso; otras, pernoctaban en el de Gayle. El lugar no importaba mientras pudieran darse la vuelta por la noche y sentir al otro tendido a su lado.

—Estaré bien —dijo ella—. Esto no es un error.

—Dentro de doce meses estarás mejor que ahora —insistió él—. ¿Por qué no vamos sobre seguro y dejamos la excursión para el año que viene? Y no, no estoy sugiriendo que para entonces seguiré a tu lado. No es una sugerencia, es una confirmación.

Gayle sonrió con dulzura.

—Ahora eres tú el que coquetea… Y que quede muy claro que adoro que lo hagas… Pero necesito enfrentarme a esto, lo necesito de verdad… No soy una necia impulsiva, Thomas. Sé muy bien a lo que me arriesgo y he venido preparada. Tengo un plan. Por favor, confía en mí.

Pues ojalá que sea un plan de puta madre… Porque te la estás jugando, nena. Y no es ninguna broma.

—Vale. Te concederé un pequeño margen de maniobra —repuso él—. Pero, si en algún momento…

Esta vez, ella se estiró hasta él y lo silenció con un beso en los labios.

—Te lo diré… Tienes mi palabra, amor.

¿Amor? Guaaaaaauuuuu… Era la primera vez que lo llamaba de esa forma… Y no negaría que se había ablandado todo. Cómo para negarlo, pensó: le temblaban las rodillas y eso que estaba sentado.

—¿Ya está otra vez la encantadora de serpientes en acción? —se burló.

—No —musitó ella, todo dulzura—. Es la mujer locamente enamorada de ti la que está en acción.

Thomas negó con la cabeza, en un gesto derrotado.

Tocado y hundido, chaval.

Tocado y hundido.


- II -


El empleado de seguridad, un cuarentón de piel oscura, aspecto hiperpulcro y figura muy trabajada a golpe de gimnasio, ya estaba junto al SUV cuando Thomas se apeó y abrió su paraguas. 

A diferencia de Gayle, que iba de punta en blanco a todas partes, Thomas vestía una camiseta de mangas cortas azul marino, pantalones de fajina oscuros y botas militares. Una vestimenta acorde para trabajar, puesto que en una cabaña situada en mitad de la nada, siempre había cosas que hacer. Daba por hecho que, si no tenían que largarse de allí en los próximos quince minutos con Gayle en plena crisis de ansiedad, le tocaría arremangarse y trabajar.  

—Soy Abbott, señor Eaton. John Abbott. Estoy a cargo del equipo de vigilancia.

—Hola… ¿Todo en orden por aquí?

—Por el momento, sí, señor.

—Bien. —Tras indicarle con un gesto que lo esperara allí, bajo el paraguas, Thomas rodeó el vehículo, abrió la puerta del acompañante y le tendió una mano a Gayle para ayudarla a bajar. 

—Vaya… Sí que llueve fuerte —comentó con una sonrisa cálida—. Me parece que vamos a tener que dejar para otro día nuestro paseo a orillas del río Ouse…

A pesar de su sonrisa, Thomas notó enseguida que estaba muy pálida. Era como si su cutis hubiera devorado en un instante todo rastro del color artificial del maquillaje. La frialdad de su piel, cuando ella cogió la mano que le tendía, le hizo volver a lamentar  haberse prestado a semejante locura. 

—Más vale —repuso, lanzando una breve pero explícita mirada a sus impolutos botines stiletto de tacón infinito. Se cerraban mediante una cremallera situada en el talón y eran negros, a juego con su elegante vestido de punto, de escote en pico y mangas tres cuartos. Como siempre, su chica estaba para comérsela, pero con aquel atuendo, el paseo por la orilla del río tendría que hacerlo en sus brazos.

Gayle esperó a estar firmemente parada sobre sus botines para responder.

—He traído deportivas, Thomas. 

—¡Con razón llueve tanto! —exclamó, divertido.

La ayudó a que se pusiera la elegante gabardina de color hueso sobre los hombros sin dejar de reírse. Se lo pasaba en grande conversando con ella. Lo cual era todo un descubrimiento en sí mismo. Conversar no era algo de lo que disfrutaba cuando estaba en compañía femenina. Por regla general, la cháchara social le aburría, haciendo que le costara mucho mantenerse atento.

Después de rodear con su brazo libre la cintura de Gayle, se dirigieron a la casa, cubiertos por el paraguas.

—No es por eso —repuso ella, en tono burlón—. ¡Es que también he traído dos equipos de deporte!

—¡¿Dos?! ¡Joder! ¡Vas a provocar un diluvio universal!

Ambos rieron de buena gana mientras Gayle asentía con la cabeza, dándole la razón. 

Su trabajo y las exigencias de su agenda social, sumadas a que tanto su padre como su exmarido daban mucha importancia al vestir, habían tenido un peso específico a la hora de decidir su estilo. Era una mujer muy coqueta y estaba segura de que siempre se sentiría más a gusto con un traje de falda y unos buenos tacones. Sin embargo, la permanente aprobación en la mirada de Thomas, independientemente de la forma en que vistiera, y el hecho de que los Eaton eran gente de gustos sencillos, la habían animado a probar un estilo más informal. De hecho, también traía un vaquero en la maleta. Era nuevo a estrenar, pues no tenía esa clase de prendas en su guardarropa. Estaba deseando descubrir qué cara ponía Thomas cuando se los viera puestos.

—Un diluvio o algo mucho peor —concedió, risueña. 

Pero, un instante después, cuando subieron los dos escalones que conducían al porche, escoltados por Abbott, Gayle sintió que se le anudaba el estómago de los nervios. No la habían abandonado en ningún momento desde que dos días atrás había decidido enfrentarse a sus demonios, pero ahora eran muy intensos. Inspiró hondo con disimulo, pues no quería que Thomas se diera cuenta.

—¿Guardo su coche en el garaje, señor? —preguntó Abbott.

Thomas negó con la cabeza. Dependiendo de cómo fueran las cosas, quizás tendría que ir al pueblo a comprar provisiones. Sus reservas estaban bajo mínimos. Había estado en la cabaña un par de veces con anterioridad, tras el fatídico domingo. Primero, para poner orden. Después, para recargar los depósitos de los dos generadores diésel que suministraban energía eléctrica a la cabaña y al garaje. Dado que pretendía evitar que Gayle se ofreciera a acompañarlo, había aprovechado para hacerlo cuando ella se había incorporado al trabajo. La primera semana solo acudía unas cuantas horas por la mañana para poner en marcha su agenda de citas, por lo que Thomas no había dispuesto de mucho tiempo para llevar a cabo las tareas previstas.

—Gracias. Por ahora, no.

Apoyó el paraguas contra la pared, junto a la puerta de entrada de la cabaña, y atravesó la parte frontal del porche. Fue entonces, al llegar al extremo, que vio a Gayle acercarse con paso titubeante a la puerta de la cocina que comunicaba con el porche por su parte lateral. Era la misma puerta por la que, aquella noche de hacía dos meses, había abandonado la vivienda, siguiendo las indicaciones de Alex. Allí la había encontrado él, con los brazos cruzados sobre el pecho, temblando de miedo y llorando en silencio. 

Notó con creciente preocupación que el lenguaje corporal de Gayle indicaba que lo estaba reviviendo.

Apuró el paso hacia ella y la rodeó con sus brazos desde atrás, igual que había hecho aquella noche.

—Tranquila, estoy aquí… No pasa nada, nena. Todo está bien —le dijo al oído.

Gayle enseguida apretó la espalda contra Thomas, arrebujándose en sus brazos como lo haría en una manta suave y cálida. Volvió el rostro para mirarlo con una ligera sonrisa.

—Sí, lo sé. Estoy bien, Thomas… Siempre consigues tranquilizarme… Aquella noche, yo estaba… Totalmente aterrorizada —recordó—. Sentía que el peligro acechaba y la incertidumbre de cuándo lo tendría ante mí y cómo reaccionaría o si sería capaz de hacerlo… Esa incertidumbre era incluso peor que el mismo miedo… Y, sin embargo, esos minutos que estuviste conmigo aquí, lograste que me sintiera a salvo. Solo por estar entre tus brazos…

Sin duda, Thomas había intentado confortarla con todas sus fuerzas. Aunque, en honor a la verdad, no estaba muy seguro de que aquellos minutos hubieran sido tal como ella lo recordaba. Sus recuerdos eran diferentes. Gayle no dejaba de llorar ni de temblar. Le castañeteaban los dientes y entender lo que le decía había supuesto un reto. Además, apenas había logrado responder a sus preguntas con una o dos palabras, a veces, incoherentes. En total no habían sido más de dos o tres minutos. Después, ella se había desmayado. 

Thomas apretó el abrazo entorno a la cintura femenina. Se agachó para hablarle al oído, decidido a quitarle hierro al asunto.

—Ventajas de ser tan grande… O tú tan pequeña. Quedas como perdida entre mis brazos y, por suerte para mí, nadie más que yo puede encontrarte —bromeó.

—No soy pequeña. Soy de estatura normal para una mujer —protestó con un punto de coquetería que a Thomas lo hizo sonreír—. Y tu grandeza, que es enorme, enorme, enorme…, no se mide en centímetros. 

Arrebujándose un poco más en los brazos masculinos, Gayle respiró hondo y volvió su mirada hacia el paisaje. Era muy distinto del que recordaba. Esa noche, la oscuridad era tan intensa que apenas podía ver a un metro de sus pies. Y la mañana siguiente, al marcharse obligada por las circunstancias, se sentía tan desgarrada por dentro, que era como si la noche la llevara puesta como una prenda más. El general le había contado que Thomas adoraba aquel lugar y que cuando el trabajo se lo permitía, solía pasar mucho tiempo allí, solo, desconectado del mundo. Viéndolo ahora a plena luz del día, no le extrañaba. El silencio era sorprendente. Se respiraba paz. La cabaña y el garaje eran las únicas construcciones en varios kilómetros de bosques y praderas de pastos altos y, por lo que sabía, la población más próxima estaba a quince kilómetros. Era un rincón ideal y no estaba dispuesta a permitir que Thomas se deshiciera de él por su culpa. 

Liberándose del abrazo, retrocedió hasta el extremo frontal del porche, se asomó dirigiendo su mirada a la construcción aneja que hacía las veces de garaje. Luego, miró en la dirección opuesta, al punto donde el sendero que descendía por el lateral de la vivienda conectaba con el camino de acceso a la propiedad. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—El informe policial dice que Alex lo apresó allí, en la intersección del sendero con el camino principal. En ese momento, yo estaba en el coche de Martin, al inicio de la segunda construcción —murmuró.

Mierda. ¿Por qué narices los abogados le habían permitido leer el jodido informe?, rezongó Thomas, mentalmente. 

Se puso las manos en los bolsillos de sus pantalones de fajina y fue a reunirse con ella. 

Entonces, cayó en la cuenta de que, probablemente, no sería cosa de los abogados, sino de Gayle. Había dicho que venía preparada y tenía un plan. Por lo tanto, habría leído y visto todas las pruebas reunidas por la policía. Eran lo bastante sólidas para que la Fiscalía de la Corona hubiera decidido llevar el caso a los tribunales. A pesar del intento por parte del equipo de psiquiatras contratado por los Baxter de demostrar que su hijo había actuado bajo los efectos de un ataque de locura transitoria, la fiscalía, apoyándose en el dictamen del psiquiatra forense, lo había imputando por el delito de intento de homicidio con agravante mayor por abuso doméstico y el delito de acoso continuado. Delitos por los que había solicitando una pena total de dieciocho años de prisión y una orden de alejamiento penal permanente con la prohibición de acercarse a ella o contactarla de ninguna manera, de por vida. 

Decidió que si Gayle quería revivir aquella noche, la revivirían juntos. Se colocó a su izquierda, con la cadera apoyada contra la barandilla, dando la espalda a Abbott, que continuaba junto a la puerta de la cabaña, oteando el horizonte.

—Estabas a doce metros, exactamente —concedió—. Y no habría podido ser ni medio centímetro menos. ¿Dice el informe que lo puse a dormir de un solo puñetazo? Pues lo hice. Y no veas lo a gusto que me quedé después…

Gayle acarició la barbilla de Thomas al tiempo que lo miraba con admiración y agradecimiento.

—No tengo la menor duda de eso —musitó. Su exmarido tenía un talento innato para despertar los instintos más violentos de la gente. 

—Le tenía muchísimas ganas —se sinceró Thomas—. Los tipos como él son una vergüenza para cualquier hombre que se precie. Y los Eaton, en particular, somos alérgicos a esa clase de basura humana…

Gayle asintió. Martin había mencionado algo al respecto cuando estaban en su coche aquella fatídica noche. La forma y el tono en que lo había hecho le había dado a entender que se trataba de un episodio doloroso que había afectado a la familia. Entonces, ella no estaba en condiciones de ahondar en el tema. Pero ahora, sí.

—¿Puedo saber por qué? —se atrevió a preguntar, tímidamente.

—Porque nos tocó vivirlo muy de cerca con mi tía, la única hermana mujer del general. Algún día te lo contaré. Hoy solo te diré que la historia no acabó bien. 

La expresión del rostro masculino le comunicó mucho más a Gayle de lo que lo hicieron sus palabras. ¿Su tía había muerto a manos de su acosador? El miedo se fundió con la pena y la empatía hacia Thomas por lo desesperante que habría sido para él volver a enfrentarse a una situación semejante. En este caso, con ella como víctima. 

—Oh, vaya… Lo siento mucho, amor… 

Thomas concedió con un ligero gesto de los ojos y continuó con el tema original.

—Peeero… Por más ganas que le tuviera a tu ex, soy mucho más fuerte que él. Hasta en las condiciones penosas en las que yo estaba esa noche, no era rival para mí. Ensañarme, me habría puesto a su altura. Así que no me quedó más remedio que conformarme con darle un puñetazo… —Una leve sonrisa se mostró en el rostro de Thomas al decir—: Según Martin, ¿para qué más? Por lo visto, estuvo KO un buen rato…

Gayle asintió suavemente sin dejar de mirarlo.

—Quizás podrías permitirme la pequeña venganza de poner un mojón allí, a modo de hito —sugirió, señalando el lugar donde Alex había apresado a Kyle—. Algo semejante a un punto kilométrico para que cada vez que pases por delante, recuerdes el sitio exacto donde derrotaste de un solo golpe en el mentón al ser más indeseable del planeta… Que, paradójicamente, resulta ser mi exmarido —añadió, tras una breve pausa que no logró evitar que su voz saliera entrecortada.

—Podría hacerlo, sí. Pero no por Baxter; ¿a quién le importa ese cabrón? Lo pondría para recordar el momento en el que me di cuenta de que el pánico que sentí al ver que intentaba escapar y llegar hasta ti no podía explicarse por un exceso de celo profesional o por esa atracción salvaje que siempre hubo entre tú y yo…

Gayle buscó su mirada con una expresión renovada en su rostro. Sus ojos, que hacía un momento se habían llenado de lágrimas, ahora brillaban de ilusión. Thomas volvió a rodearla con sus brazos desde atrás y se agachó para decirle al oído:

—Era amor. Es amor. Y sí, estar loquito por tus huesos se merece un punto kilométrico en mi vida… ¡Pero un obelisco, no un triste mojón! —reconoció, riendo al tiempo que la acunaba entre sus brazos.

Gayle se dejó querer y los dos permanecieron un buen rato abrazados. 

Entrar en la cabaña, ser capaz de estar allí sin derrumbarse, requeriría dosis elevadas de valor que Gayle no estaba segura de poseer. Aún quedaban momentos durísimos que revivir. Demonios que exorcizar. Sin embargo, se dijo, tenía la mejor motivación del mundo para hacerlo. Estaba allí mismo, junto a ella.

Inspiró profundamente y buscó la mirada de Thomas.

—¿Entramos? —propuso, decidida.

Mejor, no. Mejor, vámonos, nena. No te arriesgues más, por favor.

—¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo? Podría sobornarte…  Con sexo, por ejemplo. Podemos probar a hacerlo en el coche. No aquí con tanto público vigilante, claro. —Bajó el tono de voz y continuó—: Decimos que nos vamos, aparco entre los árboles y… ¿Qué, tienes ganas de darte un buen revolcón conmigo en el asiento trasero? —Entonces, la miró y sacó a relucir su sonrisa de malote.

Ella se rio. Adoraba aquella sonrisa que la derretía como si estuviera hecha de mantequilla. Lo adoraba a él: era lo mejor que le había sucedido en la vida. 

—Podrías hacerlo, sí —lo imitó y, tras deshacerse del abrazo, tomó su mano y empezó a tirar suavemente de él hacia la puerta de la cabaña—. Pero ni el mejor soborno del mundo impedirá que haga lo que debo hacer. ¿Sabes por qué? Porque tú te lo mereces, amor. Y yo, también.

Esa palabrita empezaba a hipnotizarlo, notó Thomas. Ser su amor lo hacía sentir el hombre más especial sobre la faz de la Tierra. 

Como siempre, las suyas —sus palabras— apelaron a la burla.  

—Ya estaba echando de menos a la encantadora de serpientes… Pensaba: «¿Dónde se habrá metido?»… ¡Resulta que sigue aquí! 

Una burla que, por lo visto, ya no engañaba a nadie, pensó al ver que una sonrisa sexi se dibujaba en los labios femeninos.

Thomas se rindió ante la evidencia. Le hizo un gesto a Abbott, quien se apartó de inmediato y, a continuación, sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta. 

—Muy bien, cabezota —concedió, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Vamos a por ello.


- III -


Durante unos instantes, Gayle miró el largo pasillo que se abría ante ella sin moverse del umbral. El interior de la cabaña estaba a oscuras, puesto que las contraventanas estaban cerradas. La única iluminación natural provenía de la ventana del baño, a la derecha del pasillo, cuya puerta estaba abierta. Sin embargo, el pequeño haz de luz apenas era un manchón más claro en la continuidad negra del pasillo.

Intentó tragar saliva. El miedo le atenazaba la garganta y sentía la boca pastosa. Era como si toda producción de saliva hubiera cesado al encontrarse otra vez frente al lugar donde había temido por su vida tan solo dos meses atrás. 

No le asustaba la oscuridad, se dijo en un intento de animarse. Había superado ese miedo siendo niña. Sin embargo, por alguna razón no conseguía dar un paso adelante. Por lo visto, su valor se mostraba esquivo aquella mañana. Suspiró.

Thomas asintió con la cabeza para sí. Hasta aquel momento había permitido que ella tomara la iniciativa. Le había dado espacio y tiempo para que pudiera hacer lo que tenía en mente sin presión. Pero había llegado el momento de intervenir. Era evidente que Gayle estaba bloqueada.

—Primero hay que encender los generadores. Están en el otro edificio. ¿Vienes conmigo o me esperas aquí?

La voz de Thomas la devolvió a la realidad con un suspiro de alivio. Giró la cabeza para mirarlo con una ligera sonrisa.

—¿Qué me recomiendas? —preguntó con suavidad.

—Que te quedes aquí con Abbott. No queremos que se embarren esos fabulosos botines, ¿no? 

A Gayle le resultaba indiferente el estado de su calzado. No así el respeto y la delicadeza con los que Thomas estaba manejando aquella situación que le había venido impuesta y con la que, de hecho, no estaba de acuerdo. Cuanto más lo conocía, más agradecida se sentía de que sus caminos se hubieran cruzado. Thomas era el hombre de su vida y se lo seguía demostrando día a día. Ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír.

—No queremos eso. Te esperaré aquí.

—Bien —dijo él, poniéndose en marcha—. No tardo nada.

Gayle hizo un gesto amable al responsable del equipo de seguridad y se acercó a la barandilla para poder seguir a Thomas con la mirada. Mirarlo siempre la animaba y hoy lo necesitaba más que nunca. Necesitaba sentirse una mujer normal, capaz de experimentar emociones normales como la admiración y el deseo al estar ante un hombre espectacular. Permitirse miradas traviesas y experimentar el placer sensual de estimularse ante lo que veía. El miedo era una energía poderosa; la lujuria lo era aún más. Quizás una contrarrestara a la otra y regresar a «la cabaña de los horrores» no resultaría una experiencia tan aterradora. Tan paralizante.

Ese andar seguro y decidido de Thomas. Esos movimientos medidos, certeros, propios de alguien que sabe en todo momento lo que ha de hacer y acomete la tarea sin titubeos. Esa marcada masculinidad de su cuerpo, que era todo músculo, y de su rostro, con sus mandíbulas prominentes, sus cejas pobladas y esa casi permanente sombra de barba, lo convertían en un hombre poderosamente atractivo. A sus ojos, el más atractivo del universo.

Su camiseta azul marino destacaba el torso hercúleo que cubría y los pantalones de fajina… Tenía varios de distintos colores y estilos y ella los adoraba a todos por igual por el festín visual que le ofrecían. Entre sus muchos —muchísimos— atributos físicos estaba el de ser dueño del trasero más espectacular que había visto jamás. Y lo que ocultaban esas prendas era aún más espectacular.

Thomas reunía todos los atributos que ella prefería en un hombre. Al nivel más físico, de hecho, superaba sus preferencias con creces. Se había sentido fuertemente atraída por él de manera instantánea. Incluso entonces, estando aún legalmente casada con Kyle Baxter, había fantaseado con la idea de tener una aventura de una noche con él. En aquel momento, lo había atribuido a que su matrimonio, que en realidad nunca había funcionado —y mucho menos en el plano íntimo— estaba naufragando y se dirigía inexorablemente hacia el divorcio. Ahora sabía que la razón nunca había tenido que ver con Kyle, sino con Thomas: siempre se sentiría poderosamente atraída por él porque era un hombre hecho a su medida. Y cuando el amor se había sumado a la ecuación, el círculo se había completado. A su lado había descubierto cómo era sentirse una mujer hermosa y deseada. Había sentido la aprobación de Thomas a todo lo que era como mujer en cada caricia, en cada gesto, en cada palabra. Y también había descubierto cómo era ella cuando estaba con un hombre que la satisfacía plenamente en todos los sentidos. Su primera noche juntos, había conocido de primera mano el sabor de la lujuria.  

¿Lujuria, has dicho? Estás desvariando, Gayle…

Tenía que estarlo. No había otra explicación, pensó con cierta desazón. Le había asegurado a Thomas que venía preparada y, visto lo visto, su valor había soltado el último hálito de vida antes de traspasar el maldito umbral. De modo que ahora su mente intentaba evadirse del enorme problema en el que se había metido, dando rienda suelta a sus fantasías eróticas.

¡Por Dios, Gayle! Esto es un sinsentido.

Exhaló un suspiro cargado de ansiedad y se obligó a concentrarse en el plan que tenía entre manos.

Pero entonces, Thomas se volvió para mirarla. Su sonrisa de malote hizo acto de presencia y, a pesar de que llovía, dio una vuelta completa sobre sí mismo, exhibiéndose con descaro antes de continuar camino hasta el edificio anexo. 

Consiguió robarle una sonrisa, claro. Y un suspiro, cómo no. 

Y consiguió algo más: demostrarle que la conexión que compartían era tan poderosa, que los mantenía siempre en sintonía. Sin necesidad de palabras. Sucedía sin más.

De modo que dar fuelle a su mutua lujuria quizás no fuera tal desvarío, como había pensado.


* * * * *


Thomas regresó a la cabaña por el pequeño corredor que unía ambas construcciones y comunicaba con el interior de la vivienda a través de una puerta.

Encendió la luz de la entrada y se asomó al porche. Gayle ya había regresado junto al jefe de seguridad. Le dedicó una sonrisa.

—Qué rápido…

—¿A que sí? No te he dado tiempo ni a que me echaras de menos… —coqueteó, haciendo que esta vez la expresión del moreno fortachón no se mantuviera tan impertérrita como hasta ahora.

La mirada de Gayle se desvió brevemente hacia el jefe del equipo de seguridad antes de regresar a Thomas, chispeante de diversión.

—¿Y ahora cuál es el siguiente paso?

—¿Quieres mi recomendación? —dijo él, para asegurarse de que no se trataba de un malentendido.

Ella asintió ligeramente con la cabeza.

—Claro. Siempre, Thomas.

Así que no eran alucinaciones suyas, pensó él. A pesar de haber dicho que tenía un plan, Gayle se estaba apoyando en él para llevarlo a cabo y eso le gustó. 

—De acuerdo. Lo siguiente es abrir todas las contraventanas para que entre la luz del día. Puedes quedarte aquí con Abbott mientras lo hago. O puedes venir conmigo y lo hacemos juntos… Así aprendes para el futuro —añadió en otro coqueteo descarado que le tocó el corazón a Gayle.

Una sonrisa juguetona se abrió paso en el rostro femenino.

—Entiendo que tu recomendación es hacerlo juntos… Así aprendo —lo imitó.

Su recomendación seguía siendo volver a Londres. Si de él hubiera dependido, se habrían largado de allí ya. Pero dado que eso no parecía una opción, Thomas, en efecto, pensaba que entrar en la cabaña como lo haría una pareja normal ayudaría a Gayle —a su mente— a desmarcarse del papel de víctima de acoso que había marcado su estancia la última vez que había estado allí. Mostrarle el orden y la manera en que él realizaba las distintas tareas la obligaría a cambiar del modo recuerdo terrorífico al modo aprendizaje, lo cual contribuiría a mantener el miedo bajo control. O, al menos, eso esperaba.

—Esa es mi recomendación —concedió. Y a continuación, le tendió su mano para invitarla a entrar.

Gayle inspiró profundamente un par de veces, haciendo acopio de coraje. Se acomodó el impermeable sobre los hombros y finalmente cogió la mano que él le tendía.

Pisar el suelo de madera disparó varios recuerdos. Eran como flashes que atravesaban su mente. Ninguno se quedaba el tiempo suficiente para poder componer la escena completa. Sin embargo, la sucesión de sonidos e imágenes era profundamente perturbadora.

Apretó la mano masculina y volvió a inspirar profundamente.

No estaba segura de poder continuar. Le costaba mantenerse firme sobre sus pies, pues estaba temblando y sus rodillas parecían débiles, incapaces de sostenerla.

Thomas enseguida pasó a la acción. Le retiró la gabardina de los hombros y se la tendió a Abbot. A continuación, le rodeó la cintura firmemente con un brazo y la instó a ponerse en marcha con naturalidad mientras hablaba.

—Suelo comenzar por el salón. Hay dos ventanas y, si abro sus contraventanas primero, consigo mucha más luz desde el principio. 

Gayle se detuvo en cuanto puso un pie en el salón. Los recuerdos acudieron en tropel, secándole la boca de miedo y ansiedad.

Era evidente que estaba reviviendo momentos pasados allí, pero Thomas hizo caso omiso de ello. Tomó a Gayle de la mano y tiró de ella con suavidad mientras continuaba con su explicación.

—Son las típicas de una cabaña de este estilo. Ya sabes, madera maciza de cedro con un diseño de lamas verticales y travesaños en forma de «Z» —continuó.

Gayle volvió a detenerse. Suspiró hondo varias veces. Miró a Thomas brevemente antes de decir:

—Dame un momento, por favor.

Él retrocedió un paso hasta ella con su sonrisa en ristre.

—¿Para qué? ¿Necesitas armarte de paciencia para escuchar mi explicación sobre el interesantísimo sistema de cierre de las contraventanas? ¡Chica, me ofendes! —bromeó.

Sin embargo, Gayle no sonrió. Su rostro lucía grave, incluso algo terroso por las náuseas que sentía y de las que, por supuesto, no le hablaría a Thomas.

—Estaba sentada allí cuando el general al fin me contó lo que te había sucedido… Esos cuatro hombres que te atacaron… —Su voz se cortó. Exhaló el aire en un suspiro y cerró los ojos en un intento de evitar la angustia que el recuerdo de aquel día traía consigo—. Creí que… No lo sé. Jamás me había sentido de esa forma. Tan completamente a merced de unas emociones terribles. Aterradoras. La sola idea de que te hubieran hecho daño por mi culpa… —Negó con la cabeza y ya no pudo continuar. Las lágrimas anegaron sus mejillas.

—Seguro que si les preguntas a esos cuatro gilipollas, te darían una versión muy distinta de lo sucedido —dijo Thomas, quitándole importancia al tiempo que rodeaba la cintura de Gayle con ambos brazos—. Primero, fui yo el que los zurró y no al revés. Segundo, no fue por tu culpa. No te endilgues la responsabilidad de que a Baxter le falten unos cuantos tornillos. No tienes nada que ver con ese cabrón. Y tercero, es mi trabajo, Gayle. La gente de mi profesión estamos para esos momentos en los que las basuras humanas como Baxter deciden hacer de las suyas. Para impedírselo y neutralizarlos de la forma que sea. En el proceso, a veces, hay sangre. Forma parte del juego. Es así de simple. ¿Lo entiendes, nena? 

Gayle respiró hondo y asintió varias veces con la cabeza.

—Fue en ese momento cuando me di cuenta de que me había enamorado de ti —añadió con suavidad, después de buscar su mirada—. La idea de perderte… —Volvió a respirar hondo y, una vez más, no pudo acabar la frase.

Thomas apretó su abrazo. Se agachó para hablarle al oído.

—¡Guau…! Iba a fanfarronear un poco, contándote las múltiples lesiones que les infligí a todos ellos, pero ahora que hablas de amor, se me ocurren mejores cosas que hacer… ¿Y si dejamos lo de las contraventanas para más tarde y te doy un buen morreo? ¿Qué opinas?

Buscó su mirada y lo que halló en los ojos de Gayle lo puso al límite.

—Ah… Así que hay quórum… Fíjate, qué bien —murmuró Thomas, más excitado por momentos.

Sin embargo, no fue él el que puso la bola en movimiento, sino ella. Tomó su rostro entre las manos y se metió en su boca en un beso pleno y muy caliente que disparó la temperatura del salón.


* * * * *



Los besos apasionados continuaron; las explicaciones, no. Mientras recorrían las distintas estancias para que Thomas abriera las contraventanas y enchufara los electrodomésticos, los besos y las caricias eran cada vez más incendiarias.

Básicamente, Thomas se dedicaba a echar los terribles recuerdos de Gayle comiéndosela a besos. Obligando a su mente a desmarcarse de sus antiguos registros de la cabaña y formar unos nuevos. Apasionados y excitantes.

Cuando, después de finalizar la apertura de ventanas del lado izquierdo de la cabaña, regresaron al pasillo, Gayle se detuvo en el punto exacto en que, aquella noche, Alex se había reunido con ella para darle instrucciones.

—No sabía quién era hasta que se puso a mi lado y reconocí los rasgos de tu familia. Os parecéis mucho… Fue en este lugar y recuerdo que, mientras se acercaba sigilosamente hacia mí, no dejaba de pensar si no estaba cometiendo una locura haciendo caso a un total desconocido… Algo en mi interior me impulsó a confiar. Pero los segundos que transcurrieron hasta que pude ver su rostro… —Suspiró—. ¡Cuánto miedo sentí, Thomas…!

Thomas la empujó suavemente, hasta que quedó atrapada entre su cuerpo y la pared.

Se dobló sobre ella y hundió la cabeza en el hueco de su cuello donde dejó una huella caliente y húmeda hasta que alcanzó su oído. Entonces, musitó:

—Vale, nena… Voy a desnudarte y vamos a follar como si no nos hubiéramos tocado en meses. —Su voz sonó alterada por su evidente excitación—. Y la próxima vez que pienses en este pasillo, te verás y te oirás gritando de placer entre mis brazos.

Ella apenas asintió con la cabeza. Cerró los ojos y apoyó la nuca contra la pared. Estaba ardiendo de deseo. Sentía las ingles calientes como si hubiera un fuego entre sus piernas. Casi no podía esperar a sentirlo a él profundamente dentro de ella.

Las manos de Thomas ascendieron por el perfil de las piernas femeninas, llevándose el vestido con ellas.

—Eres mía —susurró con vehemencia— y yo soy tuyo. No quiero ni una sombra de recuerdo de ese cabrón en tu cabeza. Su tiempo contigo se acabó, Gayle. Este es mi tiempo, ¿estamos?

Ella se abrazó a él, buscando sus besos.

—Oh, Dios… Te adoro… No tienes la menor idea de cuánto, cuánto te amo… Él ya no existe. Soy tuya, solo tuya.

Esta vez fue Thomas quien respiró profundamente. Una mezcla de realización y orgullo lo agitaban intensamente. Sentía los mazazos de su propio corazón, henchido de júbilo, arremetiendo contra las costillas.

Los besos se volvieron más exigentes y largos y ya se habían liberado de sus prendas cuando Thomas respondió:

—¿Tanto como yo te amo a ti? Mmm… Lo dudo mucho —dijo, jugueteando con la lengua entre sus pechos.

Ríos de placer recorrieron a Gayle, estimulando sus terminaciones nerviosas y haciendo que temblara y gimiera al mismo tiempo.

—No lo dudes, amor —musitó con un hilo de voz—. Como a ti te gusta decir: es un hecho…

Thomas se tomó su tiempo recorriendo el contorno de sus pechos con la lengua, lamiendo sus areolas y sus pezones erectos, saboreándolos como el manjar que eran, hasta que al fin elevó la cabeza. Cuando sus miradas cargadas de lujuria se encontraron, pronunció una sola palabra:

—Demuéstramelo.


- IV -


Thomas y Gayle estaban en el dormitorio principal. Era el destino final de un recorrido erótico por los distintos lugares con recuerdos tenebrosos para ella, que había tenido sus más y sus menos. A pesar de los esfuerzos de Thomas por estimular la formación de otra clase de recuerdos, a Gayle le había tomado varios intentos fallidos relajarse y permitir que el deseo le proporcionara otro tipo de experiencias. Una y otra vez, las imágenes y las emociones de aquella noche aciaga apretaban inesperadamente el gatillo y el miedo la paralizaba, enfriando por completo el momento.

Sin embargo, todas y cada una de las veces que el miedo les había aguado la fiesta, Thomas le había dado espacio a Gayle para que se recuperara y después había vuelto a empezar de cero. El premio a tanta constancia se hizo desear, pero al fin lo obtuvieron. Su primera relación sexual completa e ininterrumpida en la cabaña tuvo lugar sobre la mesada de la cocina. Fue intensa, muy parecida al tipo de encuentros que solían compartir, y consiguió que la mente de Gayle abandonara definitivamente la fase del miedo y entrara de lleno en otra mucho más satisfactoria, la fase del descubrimiento: Un hombre y una mujer enamorados, solos en una cabaña en mitad del bosque, decididos a explorar su sexualidad.

 Thomas continuaba dentro de Gayle cuando oyeron dos golpes en la ventana.  Habían llegado al dormitorio principal tras una buena ducha compartida que, supuestamente, iba a poner fin al viaje de descubrimiento. En la práctica, no había puesto fin a nada, pues allí estaban, enredados en un abrazo de brazos y piernas, él encima de ella. Acababan de alcanzar el clímax y, con la respiración aún alterada, disfrutaban de los reconfortantes instantes postcoito.

Thomas levantó la cabeza pesadamente 

—Joder. ¿Qué pasa? Un segundo antes y nos deja a medias.

En cuanto hizo el ademán de incorporarse, Gayle cerró el cerco de sus piernas en torno a él, ronroneando entre suspiros.

—Nooo… No te vayas… —suplicó, mimosa—. Quédate un poquito más, por favor…

«Ya estamos otra vez…», pensó él, satisfecho. Gayle había vuelto a ser Gayle. Qué alivio. Buscó su mirada y la miró con expresión divertida.

—A ver, concretemos un poco. ¿Hablas de mí o de mi polla? ¿Qué es lo que quieres que se quede un poquito más? 

Ella se apretó contra él. Sonreía ligeramente, pero no respondió.

No hacía falta que lo hiciera. Thomas conocía el proceso y lo disfrutaba tanto como ella. Gayle era una mujer multiorgásmica, algo que, según le había dicho, había descubierto junto a él. 

Thomas, por su parte, era capaz de mantener la actividad sexual durante un tiempo considerable antes de acabar. En todo caso, el tiempo suficiente para satisfacer a una mujer de sus características. 

Sin embargo, a veces, cuando estaban cansados o no disponían de mucho tiempo para estar juntos, Gayle aprovechaba los instantes posteriores a la eyaculación en los que su miembro aún conservaba una tensión parcial para darse placer hasta el último momento. Era algo que a él le gustaba tanto ver —y lo estimulaba tanto— que, en ocasiones, podía hasta con su cansancio, y acababan enganchándose otra vez. 

Thomas no entendía de relaciones de pareja, pero en el ámbito de los encuentros sexuales se consideraba un experto. Especialmente en aquellos que se desarrollaban entre desconocidos, que, precisamente por serlo, estaban marcados por un alto nivel de desinhibición y de lujuria. Y su opinión de experto en la materia era que el sexo con Gayle era una locura adictiva total. 

La observó con devoción. Su respiración continuaba agitada y, aunque lo hacía con mucha suavidad, continuaba moviéndose. Insinuándose contra sus músculos, acariciándole el tórax con sus pezones enhiestos. Provocándolo. 

Provocación de la que Thomas decidió darse por aludido. 

Irguió la parte superior de su cuerpo sosteniendo el peso sobre las manos. Empujó su pelvis e impulsó su miembro, erecto al treinta por ciento, como mucho, profundamente dentro de su vagina una vez. 

Fue como si hubiera despertado a la fiera que vivía en ella. 

Gayle empezó a moverse con decisión, empujando sus caderas contra él, obligándolo a que él hiciera lo mismo. El primer gemido no tardó en llegar, confirmándole que el proceso estaba en pleno apogeo.

—Ah, ya veo. La respuesta es mi polla. Me matas si te la saco ahora… —la desafió, volviendo a empujar su pelvis, arrancándole otro gemido—. La mujer de los mil orgasmos se está corriendo otra vez… —¡Y qué espectáculo más estimulante era verla hacerlo entre sus brazos!

Adoraba mirarla cuando subía y subía, cabalgando a lomos del deseo. Mordiéndose los labios, entre respiraciones cada vez más audibles y agitadas. Sus dedos crispados, agarrando la sábana bajera con fuerza mientras su cuerpo se retorcía de placer bajo el suyo. Los ojos cerrados y aquella expresión de puro trance que transformaba completamente un rostro de por sí hermoso. Esos gemidos entrecortados lo hacían sentir como un semental y lo volvían loco de remate. Loco de deseo. Loco de amor por ella.

Hubo otros dos golpes en la ventana, esta vez seguidos de un llamado: «Señor Eaton, por favor…». Era John Abbott.

Joder. Qué oportuno.

—Vamos, nena, vamos… —la animó al tiempo que empujaba con más fuerza.

No quería interrumpirla en lo mejor, pero la insistencia del jefe de seguridad empezaba a darle que pensar. Y a desconcentrarlo, pues su miembro prácticamente había vuelto a su estado natural. 

Con el último empujón —que fue más bien una embestida en toda regla—, Gayle al fin alcanzó el clímax con un grito. Había sido lo bastante sonoro como para que quien estuviera en un radio de cincuenta metros alrededor de la cabaña se enterara de lo que estaban haciendo, si aún no se había percatado de ello.

Thomas al fin se retiró. Gayle rodó sobre sí misma, agarrándose el pubis con ambas manos, todavía bajo los efectos del subidón hormonal.

Entonces, él procedió con rapidez. Se quitó el condón y lo depositó en la papelera, junto a la mesilla de noche. Luego, manoteó la toalla, la ató alrededor de su cintura y abandonó la habitación con los pies desnudos.

Abrió la puerta delantera de la cabaña y se asomó parcialmente.

—¿Qué sucede?

—Su familia, señor. Mis hombres me informan de que acaban de pasar por el punto de control situado al final de la vía asfaltada. 

¿Estaban a minutos de encontrarlo descalzo, vestido con una toalla y con signos evidentes de haber sido pillado en plena faena? No se lo podía creer. Las cejas de Thomas formaron un arco perfecto sobre sus ojos al preguntar: 

—¿Dice que mi familia está aquí? —Abbott asintió. ¡¿Qué cojones hacían allí?!—. Los Eaton somos muchos. ¿Cuántos vehículos han pasado el control?

—Cuatro más un quinto, propiedad de su socio —repuso.

Que Declan estuviera allí, con lo inesperado que resultaba, no lo sorprendió tanto como el número de vehículos familiares. ¿Cuatro? ¿Cómo que cuatro? Sus padres iban en el suyo. El segundo debía ser de Alex y el tercero, de Martin. ¿Quién iba en el cuarto?

—A ver, ¿me puede confirmar quiénes conducen los cuatro coches de mi familia?

El hombre asintió y activó el transmisor que llevaba en una funda sujeta al cinturón. Trasladó la consulta a su hombre en el punto de control. Cuando Thomas oyó por la radio el nombre de Brady Eaton, abrió la boca de pura sorpresa. Hacía meses que no lo veía y que estuviera allí, justamente aquel día, era una alegría del todo inesperada. 

—Muy bien. Parece que tendré que vestirme —dijo al fin con un punto de humor.

—Puedo retenerlos fuera hasta que me avise.

¿Estando Lenora de por medio?, pensó. Qué iluso, hombre.

—Le deseo mucha suerte en el intento —repuso, y regresó al interior de la cabaña, sonriendo orgulloso. 

Su familia nunca le fallaba. Sabían de la aventura que Gayle se traía entre manos con su visita a la cabaña de los horrores y habían decidido de motu propio venir a ayudar para que el mal trago fuera más soportable.

Al regresar a la habitación, la encontró calzándose sus botines cortos de tacón infinito. Ella se puso de pie y fue entonces cuando se dio cuenta de que vestía tejanos. ¿Cómo era posible? Esa mujer no tenía tejanos en su guardarropa.

Pues, por lo visto, ahora sí. Unos supermodernos, lavados a la piedra, que se ceñían a su cuerpo de formas delicadas y le daban un aire sexi e informal, a la vez que elegante. Una camisa negra de mangas largas, entallada al cuerpo, y un ancho cinturón de cuero completaban su atuendo. Estaba para comérsela y no dejar ni las migas.

La mirada de Thomas fue lo bastante explícita para que Gayle confirmara cuánto éxito estaba teniendo su nueva indumentaria. Sin embargo, él no se quedó en miradas. Fiel a su estilo breve y conciso, expresó su total aprobación con una sola palabra: 

—Guaaaaaaaaaauuuuuuuuu…

A continuación, le indicó con un gesto que diera una vuelta sobre sí misma para poder apreciarla desde todos los ángulos. Algo que, para mayor placer de Thomas, ella hizo despacio y con movimientos sensuales.

Menudo culo, pensó él. Se iba a hartar de sobarlo.

Él asintió varias veces con la cabeza y una mirada más que explícita en sus ojos.

—Me dejas sin aire, nena…

—Gracias. Me encanta que te guste mi elección de vestuario de hoy. A mí me encanta la tuya —coqueteó, dándole un buen repaso a su cuerpo desnudo, excepto por la diminuta toalla. Y, a continuación, volvió a sorprenderlo—. ¿Tu familia ya está aquí?

Él permaneció mirándola en silencio. En parte, porque aún seguía bajo los efectos que esos vaqueros lavados a la piedra estaban demostrando tener sobre su libido. En parte, porque hasta hacía un instante estaba convencido de que había sido cosa de su familia presentarse allí. Ahora, ya no estaba tan seguro. La sospecha de que podía ser cosa de Gayle le aceleró el corazón. 

—¿Me has oído hablando con Abbott?

Ella sonrió con coquetería. Se dirigió hacia donde estaba Thomas, casi junto a la puerta de la habitación, y se detuvo justo frente a él.

—Sí. Aunque no dijisteis nada que yo no supiera —concedió.

El corazón de Thomas palpitó con fuerza. La tomó suavemente por la cintura.

—¿Esto es cosa tuya? ¿Los has convocado tú?

Gayle asintió suavemente con la cabeza.

—Y a mi padre también. Aunque, en honor a la verdad, dudo que venga. 

Y entonces vio que los hermosos ojos azules de Thomas se abrían de par en par, llenos de asombro.

—Sí —concedió con una sonrisa dulce—. Al fin y al cabo, es la única familia de sangre que tengo.

Él sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad.

—Me alucinas, nena… ¿Por qué has hecho esto? A ver —se apresuró a aclarar—: me encanta que lo hayas hecho, pero me sorprende un montón…

—Porque no pienso darle a mis demonios la menor ventaja. Tengo que superar esta prueba, sí o sí… No puedo fallarle a la persona más importante de mi vida. —Se encogió de hombros al tiempo que esbozaba una sonrisa—. Te dije que venía preparada, amor. ¡He traído al mejor ejército del mundo! 

Dios… Eres la mujer más increíble que he conocido jamás.

Thomas la estrujó en sus brazos en un arrebato de amor.

—Joder… Qué loco estoy por ti, Gayle… Te amo con locura.

—Y yo a ti, Thomas —repuso, dejándose querer durante unos instantes. 

Al fin, le dio un golpecito en las nalgas y se lo quitó de encima con suavidad.

—Vístete, amor —murmuró—. Yo saldré a recibir a tu familia.


* * * * *

Los intentos del jefe de seguridad por retener a la familia de Thomas en el exterior de la vivienda fueron infructuosos. No se notó demasiado porque justo cuando Lenora sorteaba al grandullón, decidida a ignorar su petición, y estiraba la mano para abrir la puerta, esta se abrió y una sonriente Gayle los recibió.

—¡Bienvenidos! —los saludó al tiempo que abría la puerta de par en par—. ¡Adelante, por favor!

Aparte del matrimonio Eaton, estaban Martin, Alex, que había llegado con Danna, Declan y Jana, y uno de los hermanos Eaton, a quien Gayle no conocía en persona: Brady.

El bullicio de saludos y bromas que solía acompañar a la familia invadió la cabaña en un instante. Venían pertrechados con fuentes y cacerolas, postres y bebidas. Nadie traía las manos vacías. La entrada fue bastante caótica, pues mientras Lenora y el general reunían las provisiones en la cocina, Alex y Martin intentaban acaparar a Gayle que, por su parte, estaba dando la bienvenida a sus amigas, Jana y Danna.

—Un momentito, por favor. Perdón, perdón, perdón —pidió Martin, metiéndose entre las amigas al tiempo que tiraba de su hermano—. Te presento al capitán de corbeta Brady Eaton quien, generosamente, os cedió su piso las primeras semanas.

Gayle le tendió la mano esbozando una gran sonrisa. No le sorprendió descubrir el gran parecido que guardaba con su padre, el general Eaton. Llevaba su rubio cabello corto con el estilo militar tradicional, rebajado en la nuca y en los lados, pero considerablemente más largo que Alex o, incluso, Martin. Se trataba de una licencia que la Marina Real Británica concedía a sus hombres y mujeres. Era alto y de aspecto fuerte, como sus hermanos, pero a diferencia de ellos, vestía enteramente de civil: vaqueros, cazadora de cuero y deportivas. Lo que más llamó la atención de Gayle fue su mirada: era chispeante y observadora, propia de una persona ocurrente.

—Soy Gayle. Encantada de conocerte. Y muchas gracias por ofrecerme tu precioso piso a modo de refugio.

Él estrechó su mano y asintió con una sonrisa traviesa en ristre.

—Así que esta eres tú… He oído hablar mucho de ti, ¿sabes?

Una voz respondió por Gayle cuando ella estaba a punto de hacerlo.

—Y este eres tú. Aunque la verdad, no sé si estoy viendo visiones o qué. Tío, ¿eres real? —dijo Thomas, abriendo los brazos para recibir a Brady.

Gayle vio con sorpresa que los hermanos se fundían en un abrazo con golpes en la espalda incluidos. Era el primero que presenciaba. Los Eaton eran una familia muy bien avenida; sin embargo, no parecían muy proclives a las demostraciones físicas de afecto. 

—Tan real como tú. Te veo bien, Tom. Muy bien. Y no me extraña —dijo, aludiendo de un rápido vistazo a la presencia de Gayle, que muy cerca presenciaba la escena con una sonrisa—. Para que conste, yo también me habría dejado zurrar por ella —añadió con picardía en voz muy baja.

Thomas se rio. Se estiró y tomó a Gayle de la mano para incluirla en la conversación, al tiempo que respondía:

—Te han informado mal. Fui yo quien los zurró. —Vio que su hermano le dedicaba una mirada divertida—. Me alegro mucho de verte, Brady. ¿Cuánto tiempo te quedas?

—No mucho. Cuatro o cinco días. He venido a hacer unos trámites.

Thomas concedió con un gesto de la cabeza.

—Pues una de las noches que estés aquí, te esperamos en casa para cenar. 

Martin soltó una carcajada al ver la expresión del rostro de Brady, quién no tardó en poner en palabras su broma.

—¿Tenéis casa? Vaya, ¡qué rápido van las cosas, ¿no?! —y vio que Thomas sacudía la cabeza, resignado a que las burlas hubieran empezado tan pronto.

—Tenemos dos casas —intervino Gayle—. La suya y la mía. Y en ambas eres bienvenido, Brady. Ya te diremos dónde se celebrará la gran cena.

Brady recibió de muy buen grado el intento de Gayle por poner coto a sus bromas. Pronto comprobaría que no era tan fácil evitar las pullas de los hermanos Eaton, pero tenía que reconocer que le gustaba su estilo.  Aquella mujer le caía bien.

—Ah, muy bien —concedió—. Estaré encantado de acudir. ¡Cómo no! Será la primera vez en mi vida que me siente a cenar con Sansón enfrente y su novia al lado. ¿Su novia? ¿Lo he dicho bien? ¡Qué raaaro ha sonado!

Lenora y el general, que acababan de unirse al corrillo después de dejar las provisiones a salvo en la cocina, no tardaron en intervenir.

—¿Raro? Te habrá parecido… —intervino Lenora en un tono fingidamente irónico al tiempo que le hacía un guiño a Gayle.

—Ya lo creo que es extraño… Cada vez que viene a visitarnos y lo veo llegar acompañado de esta mujer tan especial… Debo admitir que aún no me he acostumbrado —concedió el general, lanzándole una mirada traviesa a su hijo que, al posarse sobre Gayle se había transformado en una mirada tierna.

Thomas apretó amorosamente la mano de Gayle, la miró brevemente antes de decir:

—Tranquilo, general. No tenemos previsto dejar de estar juntos. —Al decirlo, Thomas dedicó una nueva mirada a Gayle a la que ella respondió con una sonrisa enamorada—. Así que tienes todo el tiempo del mundo para acostumbrarte… Y vosotros también —añadió, dirigiéndose a todos los presentes (pero muy en especial a sus hermanos) con talante divertido—. Lleváis toda la vida esperando este momento y, ¿sabéis qué? No pienso estropearos la fiesta, tíos. Qué va. Ni hablar. Es más; voy a pasarme el día dándoos motivos para que os metáis conmigo a placer. ¡Burláos cuanto queráis, colegas! ¡Me da completamente igual! ¿Queréis verlo?

Y con esas, para regocijo de todos los presentes, rodeó a Gayle por la cintura y le plantó un beso de película, dando lugar a un momento entrañable que anticipó lo que estaba por llegar: un día cargado de miradas cómplices, besos furtivos, risas compartidas… Y, cómo no, muchas pullas.


- V -

Gayle había asumido su papel de anfitriona de la reunión con una facilidad que había tomado por sorpresa a todos. En especial a Thomas. A pesar de que conocía sobradamente sus dotes sociales, aquella no era una reunión social normal y, mucho menos, el lugar donde se celebraba. De ahí que estuviera pendiente de ella. La seguía disimuladamente con la mirada, observándola y pasando sus reacciones y su lenguaje corporal por sus filtros anti-problemas a ver cuál era el diagnóstico. Por el momento, no había hallado indicios preocupantes. Cruzaba los dedos para que siguiera así.

Los hermanos de Thomas atribuían su persistente atención a otros motivos y no perdían ocasión de burlarse de él. Lo hacían mediante comentarios jocosos que soltaban en medio de una conversación en apariencia circunstancial. Como si no los conociera de toda la vida, pensó Thomas divertido. Olía sus pullas a leguas de distancia.

Y en eso estaban ahora justamente. 

Thomas había puesto la barbacoa en el sector del porche próximo a la cocina. Allí, los hombres podían ocuparse de las costillas, salchichas, patatas y demás verduras, protegidos de la lluvia por el techo del porche, y tenían la cocina cerca, donde Lenora, Gayle, Jana y Danna preparaban los platos antes de servirlos en el salón comedor.

—Me reconcome la curiosidad… —empezó a decir Brady. Trabajaba en una pequeña mesa auxiliar junto a la barbacoa, troceando las verduras que su padre le iba pasando. Era el único que bebía café, en vez de cerveza—. Según Martin, os conocisteis hace años… Pero no puedo imaginarme una situación en la que un tipo como tú pueda codearse con una dama como ella. No es que te esté llamando «tosco». Es que ella… —Alzó la vista para mirar a Thomas al decir—:  Es una Middleton, tío. ¿Cómo os conocisteis, Tom? ¿Y cómo habéis seguido en contacto? 

Martin tampoco perdió la ocasión de aportar su granito de arena. Su mujer y su hijo estaban en casa de sus suegros y no llegarían hasta la noche. Por una vez, no tenía que preocuparse de lo que decía ni asegurarse de que las palabras que utilizaba eran adecuadas a los oídos de un niño que acababa de cumplir los once años. Podía hablar con libertad y eso hizo.

—Tápate los oídos, general —pidió antes de decir—: Nuestro querido Sansón dio un braguetazo de los que hacen historia… Pero tampoco es tan sorprendente, si lo piensas: está claro que tiene con qué darlo.

Thomas sacudió la cabeza. Las bromas acerca del tamaño de sus atributos masculinos no eran algo nuevo. Llevaba toda la vida soportándolas. Lo que resultaba novedoso era que ahora los estuvieran asociando con Gayle, atribuyéndoles el mérito de haberla seducido. Sus hermanos estaban como cabras.

Las carcajadas arreciaron y Thomas las aguantó sin rechistar. Siguió acomodando las costillas sobre la parrilla para que todas recibieran el calor procedente de las brasas. Hasta Declan se partía de la risa. Al general, en cambio, no le hizo gracia el comentario.

—Martin, modera tus palabras. Por si no lo has notado, Gayle está al otro lado de esa puerta —lo reprendió.

Él mostró una mano en señal de disculpa al tiempo que se reía.

—Perdón, perdón, perdón… ¡Era una broma! ¡Es que estoy tan contento por Sansón…!

—¿Puedo? —ofreció Declan a Thomas, refiriéndose a si podía saciar la curiosidad de Brady, respondiendo a sus preguntas.

Thomas lo miró sorprendido. Declan había sido la primera persona en tildar de «estar pensando con la polla» a su por entonces supuesto acercamiento hacia Gayle. Y la primera persona en cabrearlo como un babuino por su monumental estrechez de miras. ¿Estaba sugiriendo que, desde entonces, se había instruido en la materia antes de hacer juicios de valor al respecto? Verlo para creerlo.

—¿Puedes? —contraatacó.

Declan se encogió de hombros. Acusó recibo de la velada recriminación de Thomas con un gesto de disculpa.

—Tu chica es muy amiga de la mía —explicó.

Ah, vaya. Se había olvidado de que las chicas hablaban de sus cosas entre ellas. Iba a ser interesante escuchar otra versión de los hechos. Thomas asintió y le cedió la palabra con un gesto de la mano.

—Vale. Según los historiadores —empezó a decir con tono divertido usando términos que la prensa del corazón estaba utilizando para referirse a la pareja del año—, Gayle y nuestro heroico guardaespaldas se vieron por primera vez en mayo de 2010, en la Feria de Arte Corporal de Venecia. Él acudió como jefe del equipo de seguridad que acompañaba a la artista del tatuaje Harley R. Para los que no lo sepáis, en aquella época, Harley acudía a los eventos en representación de un tatuador de fama mundial llamado B.B.Cox. Su nombre real es Brandon Baxter-Cox y es el cuñado de Gayle. Excuñado —matizó—. Coincidieron en el estand. Gayle estaba de visita y Thomas, evitando que los fans hombres se pusieran demasiado pesados con Harley. 

—¿Se vieron o hablaron? —quiso saber Brady, cuya curiosidad cada vez iba a más.

Declan lanzó una breve mirada a Thomas, que continuó cuidando que las costillas se cocieran uniformemente sin decir ni pío. 

—Se vieron —confirmó Declan—. No hablaron, el estand estaba abarrotado, pero digamos que se miraron muy bien.

—Hablamos —intervino Thomas con una sonrisa divertida—. Me dijo: «Me permite pasar, ¿por favor? Me llamo Gayle Middleton y soy amiga de Harley». Yo le respondí: «Ahora, no. Por su seguridad, le recomiendo que se ponga al otro lado del mostrador. La escoltaré hasta la señora Reynolds cuando esto se haya despejado un poco». Y ella me respondió: «De acuerdo, gracias».

Alex, que había permanecido en silencio todo el tiempo, atento al relato de Declan, soltó una carcajada. Los demás no tardaron en hacerlo.

—¡A eso no se le puede llamar hablar, tío! —dijo, meneando la cabeza divertido. 

Thomas le hizo un guiño. Su hermano tenía razón. El truco, que no pensaba revelar, estaba en que podía haberle dicho que permaneciera fuera del estand. Era lo que hacía con todo el mundo cuando el espectáculo privado que Harley ofrecía a sus fans dentro del mismo ya había comenzado. Sugerirle que se pusiera del lado interno del mostrador donde los empleados vendían merchandising exclusivo, le había permitido tenerla a la vista todo el tiempo. Y mirarla, claro. 

—Desde luego, no se parece en nada al tipo de conversación que, me imagino, habrás tenido con otras mujeres a lo largo de los años —apuntó el general.

—Ya —continuó Declan—, pero resulta que los historiadores se equivocan. Esa no fue la primera vez que se vieron —aseguró y a continuación calló, haciendo una larga pausa dramática.

—¡Uyyy, qué bueno se está poniendo esto! —exclamó Martin, frotándose las manos. 

—¡Ya te digo! Venga, cuenta, Declan —intervino Alex igual de encantado.

—Un mes antes, Harley tenía que coger un vuelo a Dublín. Thomas fue a recogerla a la boutique de la que es dueña al cincuenta por ciento con Jana. Gayle estaba allí, conversando con mi novia. En esa época había empezado a ir más a menudo a visitarla y también a comprar algunos de sus diseños exclusivos. Le hizo varios encargos para su sobrina postiza, Alexis —matizó, echando una breve mirada a Alex, pues sabía que algo se estaba cociendo a fuego lento entre Danna, la madre de Alexis, y el menor de los Eaton—. Resulta que nuestro heroico guardaespaldas vio que el fular de Gayle estaba en el suelo y, al pasar a su lado, lo recogió y se lo entregó. Ella, por supuesto, se lo agradeció. 

—¿Y ya está? —comentó Brady, haciéndose el desilusionado al tiempo que reía—. Pero, tío… ¿Y dónde está la chicha? Que si se miraron, que si «por su seguridad, le recomiendo blablabla», que si le recogió un fular… ¡Vamos a ver, somos tipos de acción, hombre! ¡¿Dónde está la acción?! ¡Menudo muermo de historia! 

Thomas sonrió para sí. Brady no había tenido en toda su vida ni una cuarta parte de «la acción» que Gayle y él habían tenido en una sola noche, ya no hablar de los dos meses y una semana que llevaban juntos. No se molestó en responder. Estaba mucho más interesado en el dato que Declan acababa de compartir. Así que Gayle recordaba aquel encuentro y se lo había contado a Jana… Qué buena era jugando al despiste. Buenísima. En apariencia, ella apenas había reparado en él. Y se acordaba tan bien, pues no era ese el tipo de reacción femenina al que estaba acostumbrado. Lógicamente, pensó que estaba fingiendo indiferencia. Eso era de cajón. Pero no podía negar que, en esa ocasión, lo había hecho fenomenalmente bien.

—Según se mire, Brady —continuó Declan—. ¡Porque el fular no era de Gayle! —La mirada sorprendida de Thomas pasó de la parrilla a Declan, quien asintió con la cabeza, risueño—. Era de otra clienta que ya se había marchado de la tienda… Por lo visto, se quedó tan impactada que no atinó a más que darte las gracias. ¡Toma primera impresión! —celebró Declan, partiéndose de risa.

¡Pues vaya si fingía!, pensó Thomas, encantado. Su chica era genial.

—¿Y qué pasó después? Le recogiste el fular que no era suyo, un mes después volviste a verla en esa feria… ¿Y…?

Thomas volvió a cederle la palabra a Declan con un gesto.

—Diez meses más tarde volvieron a coincidir en otra feria. Esta vez, en Lisboa. No sé si hablaron —matizó, risueño.

Brady dejó de trocear verduras y alzó la vista hasta Declan.

—¿Diez meses, has dicho? ¿Estás de coña? ¿Qué sucedió entre medias?

—Nada —intervino Martin—. Según el portal TMZ, tuvieron que pasar…

—El portal, ¿qué? —interrumpió Alex, mirando algo confuso a Thomas que no conseguía ponerse serio tras el giro que había dado la conversación. 

A Gayle le ponía de los nervios que la prensa manejara tanta información sobre ellos, pero a Thomas le hacía gracia leer sobre sí mismo en los artículos de los periódicos y revistas. Algunos daban en la tecla, pero la mayoría eran pura ficción. 

—Es un portal de noticias famoso por conseguir primicias exclusivas… —explicó Martin vagamente, y continuó—. Según dicen ellos tuvieron que pasar cuatro años hasta que nuestra parejita volvió a ocupar el mismo metro cuadrado de suelo…

Brady abrió los ojos como platos.

—¡¿Cuatro años?! ¿Y es cierto? —La mirada de Brady se posó sobre Thomas. Él se limitó a asentir con la cabeza—. ¡Jodeeeeer! 

—¡¿Tienes alguna duda de que es cierto?! —intervino Martin, asombrado—. Mira, es muy fácil. Él, un tipo ultraindependiente, soltero empedernido, con una lista de citas de Récord Guinness y un trabajo de riesgo. Ella, una Middleton. ¿Qué más hay que añadir? Sansón hizo cuentas, vio que no cuadraban y decidió que no le convenía meterse en ese jardín. 

—Pero al final te has metido… —apuntó Brady, divertido.

—Y tan metido… —dijo Alex, asintiendo con la cabeza varias veces.

Declan miró a su socio con un punto burlón en los ojos.

—Sip —afirmó—. Se metió en ese jardín hace dos meses y pico, y ahí sigue.  Me da a mí que no tiene ninguna intención de largarse de allí.

Thomas continuó sonriéndole a las costillas de la barbacoa sin hacer comentarios.

Fue el general quien los hizo. 

—No, ninguna —dijo con una sonrisa orgullosa—. Mi hijo se ha dado cuenta de que es el jardín perfecto para él. Uno hecho a su medida. Imagino que, en el fondo, siempre lo ha sabido.  Estas cosas se saben… 

La llegada del jefe de seguridad interrumpió el momento.

—Perdón… Señor Eaton, tenemos una furgoneta de reparto en el punto de control. Son dos hombres y dicen traer alimentos y bebidas para entregar aquí. ¿Está esperando una entrega?

Thomas arrugó el ceño.

—No. —Recorrió con la mirada a los demás, por si alguno sabía algo. Todos negaron con la cabeza. En aquel momento, su móvil empezó a sonar y, al ver el nombre que se iluminaba en la pantalla, le pidió a Abbott que esperara un momento.

Se apartó del centro de la reunión, dejando a su padre a cargo de la barbacoa, y al fin atendió la llamada.

—Milord… —se anticipó.

Hola, Thomas. Imagino que mi hija ya te habrá dicho que me ha invitado a esa reunión tan peculiar que ha decidido organizar en un lugar que le provoca pesadillas desde hace dos meses… 

A Thomas le seguía resultando extraño que aquel hombre lo llamara por su nombre de pila y lo tratara como a una persona normal. Había empezado a hacerlo unos días atrás y seguía sin acostumbrarse. Y, por supuesto, sin fiarse de que eso cambiara en algo su relación. 

—Así es, señor.

Mi pie ha decidido homenajearme con un ataque de gota, de modo que no podré asistir.  Estoy encadenado al sillón con la pierna en alto y un dolor de mil demonios. Os he enviado algunas delicatessen y buena bebida. ¿Han llegado ya?

—Muchas gracias, milord. El vehículo todavía está en el punto de control. Acaban de avisarme. Les diré que lo dejen pasar. —Le hizo un gesto a Abbot de que diera luz verde a sus hombres y regresó a su conversación con el padre de Gayle.

No hay de qué. Seguramente mi hija creerá que es una lamentable compensación a mi ausencia y que mi ataque de gota no es más que una excusa «para no mezclarme con la plebe» —dijo con retintín, haciendo sonreír a Thomas. ¿Estaría citando las palabras de su hija? Probablemente. Gayle tenía a su padre por un elitista—. No lo es. Pensaba asistir y mi gota es real. Tan real como que, de buena gana, me cortaría el pie… Esto no hay quien lo aguante.

—Es una enfermedad muy dolorosa —concedió Thomas—. Mi abuelo materno sufría de gota y se lo llevaban los demonios cada vez que le daba un ataque.

¿Cómo está Gayle? ¿Qué tal va su descabella cruzada para derrotar a sus demonios? —Suspiró airado, dejando en evidencia que la decisión de Gayle no era de su agrado—. Te lo pregunto a ti porque sospecho que ella no me dirá la verdad.

—¿Y yo sí?

¿Acaso no es esa una de las molestas cualidades de las que te jactas? No tienes ninguna clase de filtros. Y hoy, por una vez, pienso aprovecharme de eso.

Thomas no se jactaba de ser sincero, pero pasó de aclarárselo. La verdad era que las opiniones de aquel hombre le importaban un rábano. Demasiado poco para tomarse molestias.

—Tuvo algunos momentos difíciles, pero, en apariencia, ahora está bien. Y subrayo en apariencia. Es valiente y decidida, y estoy seguro de que superará el trauma. Con tiempo y terapia, lo superará. Pero sigo pensando que esto es un error. No entiendo cómo alguien con formación profesional en la materia le pudo haber recomendado volver a este lugar ahora. Cualquier persona con dos dedos de frente le habría aconsejado que dejara la visita para dentro de un año o dos. O para nunca, si me apura. No había ninguna necesidad de que pasara por esto. 

Una risa socarrona puso en alerta a Thomas.

—¿Y tú te has creído que es una recomendación de Lloyd-Thompson? Pues no lo es. Como te imaginarás, me presenté en su casa en cuanto me enteré. Me explicó que Gayle lo había puesto entre la espada y la pared, alegando que lo haría igualmente con o sin su ayuda. Muy típico de mi hija… De modo que William se la brindó. Le dio algunas ideas, algunas recomendaciones y medicación de rescate, por si sufría una crisis estando allí.

Thomas se quedó cortado.

—No lo entiendo. Me dijo bien claro que había sido consejo suyo venir aquí. Que eso le ayudaría a avanzar con la terapia. Yo he estado intentando convencerla de dejarlo desde el principio. La apoyo, obviamente. Pero esto no me gusta. 

Yo tampoco entiendo por qué se está arriesgando innecesariamente. Desde la lógica no tiene sentido. Así que supongo que tendrá que ver con demostrarte algo… Locuras de mujer enamorada.

La sorpresa de Thomas creció. Era la primera vez que aquel hombre usaba esa palabra para referirse a lo que había entre Gayle y él.

—Perdone la franqueza, pero ¿desde cuándo define como amor lo que nos une a su hija y a mí? 

Desde que tuvo la necedad de amenazarme con cambiarse el apellido. ¿Renunciar a todo por ti? Una de dos: O había perdido el juicio… O estaba enamorada. Han transcurrido dos meses y seguís juntos. Según mis muy bien informadas fuentes, solo os separáis para ir al trabajo. De modo que, me guste o no, todo apunta a que es amor. Lo cual ciertamente es una locura, no voy a negarlo. Sigues sin ser un candidato idóneo…

—Para Gayle, sí. Está enamorada de mí. Y yo de ella —apuntó Thomas, defendiendo su posición.

El noble resopló. Había creído en el cacareado amor de otro hombre por Gayle, un hombre al que conocía desde que era un niño y por quien habría puesto las manos en el fuego, y el individuo los había estafado a todos. Pasaría mucho tiempo antes de que volviera a tomarse en serio la palabra de otro candidato a marido de su hija. Fuera idóneo o no.

Hasta donde sé —y créeme, sé mucho más de lo que te imaginas— Gayle es feliz a tu lado. Después de lo que nos ha hecho pasar el psicópata de Kyle Baxter, es un milagro que mi hija aún confíe en un hombre. Esa es la única razón de que sigas conservando la cabeza sobre los hombros… El día que sospeche que ya no es feliz contigo o que tus sentimientos hacia ella han cambiado, apuntaré a matar —advirtió. 

Thomas no pudo evitar sonreír. Esto sí que sonaba a sus conversaciones habituales. Al oír la amenaza del noble, se sintió como en casa. También sonreía porque, si «mantener la cabeza sobre los hombros» dependía de sus sentimientos hacia Gayle, entonces, definitivamente, era una batalla ganada.

—No cambiarán, milord. Por cierto, ¿quiere hablar con ella? Seguro que prefiere saber por usted la razón de que no haya podido venir…

Hubo un largo silencio mientras el aristócrata consideraba la propuesta de Thomas.

—dijo al fin—, supongo que es mejor que se entere por mí.

—En tal caso, deme un momento. Voy a buscarla.

Thomas puso la llamada en espera y regresó sobre sus pasos; se dirigió a la ventana de la cocina bajo las miradas curiosas de sus compañeros de barbacoa y golpeó con los nudillos. Gayle, que en aquel momento estaba sola, haciendo algo en la mesa de la cocina de espaldas a la ventana, se volvió. Sonrió al verlo. Thomas le indicó con un gesto que saliera al porche. Ella lo miró interrogante durante un instante, pero al fin la expresión de su rostro se relajó. Se lavó las manos rápidamente y, después de secárselas, hizo lo que le pedía.

—¿Ya me estás echando de menos? —le dijo en voz baja, sus ojos chispeantes de picardía.

—Eso siempre —respondió él. La tomó de la mano y se alejaron hacia el otro extremo del porche.  

Una vez allí, él se apoyó de espaldas contra la barandilla, tiró de ella, que lo miraba entre curiosa y divertida, e hizo que recostara la espalda contra él.

—Vaya… Qué confortable eres. 

Thomas la rodeó con sus brazos desde atrás y se agachó para decirle al oído:

—Tengo a tu padre al teléfono. Quiere hablar contigo.

Gayle volvió el rostro para mirarlo sorprendida.

—¿Y has supuesto que convertirte en mi manta humana favorita logrará que el disgusto sea más llevadero? —volvió a coquetear.

Thomas la miró largamente. A veces, cuando se descubría sintiendo emociones tan intensas hacia ella, le costaba reconocer al Thomas de toda la vida. ¿Era posible estar tan desesperadamente enamorado de alguien? ¿Era normal sentirse de esa forma? Tres meses atrás se habría carcajeado a gusto de semejante pregunta. Al fin, depositó un beso en su mejilla y sacó a relucir al hombre petulante que a Gayle tanto le gustaba.

—No es una suposición.

Ella le regaló una sonrisa enamorada.

—Qué bien me conoces. —Suspiró, arrebujándose contra él—. En ese caso, ¿me pasas tu móvil, por favor?


* * * * *

Desde el otro extremo, donde estaba la barbacoa, el general Eaton, sus tres hijos Martin, Alex y Brady y Declan se ocupaban de la parrilla y de tanto en tanto, echaban un vistazo a lo que hacía la pareja. El nuevo estatus sentimental de Thomas era una novedad para todos. La noticia del año.

—Le ha dado fuerte —comentó Alex, mirando a su hermano en una mezcla de admiración y orgullo.

Declan asintió con la cabeza. 

—Pero que muy fuerte.

Thomas siempre había detestado comunicarse por móvil. Odiaba esos trastos. Los usaba por necesidad, pero los detestaba. Desde que estaba con Gayle, estaba constantemente atento a su móvil. Vivían mensajeándose y, a juzgar por las sonrisas que su socio le dedicaba a su odioso dispositivo, estaba claro que algunos de esos mensajes no eran aptos para todo público. Jana había acertado de lleno al decirle que quizás Gayle y Thomas no eran tan distintos como Declan creía. Sus mundos lo eran; ellos, no. Y allí estaban, sacando adelante una relación por la que nadie daba un céntimo. Desafiando toda lógica.

—Suele ocurrir —dijo Martin, risueño—. Vosotros, los tíos duros, os resistís tanto a cualquier emoción que os haga sentir vulnerables, que cuando al fin pisáis la trampa, os caéis con todo el equipo. —Su mirada se posó brevemente en la de Alex, quien ni corto ni perezoso se dio por aludido.

—A mí no me mires… Yo no me resisto. Son ellas las que salen pitando cuando descubren que enrollarse con un tío duro de verdad no es un camino de rosas… 

—No todas salen pitando por lo que se ve —contraatacó Martin, con picardía.

Por el momento, Danna estaba resultando toda una sorpresa en ese sentido. Sin embargo, aún se estaban conociendo, apenas habían quedado tres o cuatro veces en plan de amigos, de modo que Alex no echaría las campanas al vuelo todavía. Pero tampoco negaría lo evidente: ella tenía un trabajo exigente que adoraba y veía como algo normal que el suyo también lo fuera. Sus largos turnos de trabajo en los que ni siquiera estaba localizable no parecían ser un problema para Danna.

Alex concedió con un movimiento de la cabeza. 

—No, no todas.

Lawrence no podía evitar sentirse emocionado ante el giro radical que había dado la vida de Thomas. De repente, asuntos que ya casi había descartado para su hijo, como el matrimonio o la paternidad, estaban sobre la mesa. Eran posibles. Y lo más sorprendente era que, para ser un neófito en las relaciones de pareja, Thomas parecía moverse como pez en el agua en su rol de novio de una mujer que tenía mucho más genio del que su refinamiento y su saber estar daban a entender. A diferencia de lo que Lenora y él mismo habían creído, la faceta ultraindependiente de Thomas no había supuesto ningún problema. Algo que, probablemente, se debía a que Gayle le daba espacio. Prueba de ello, por ejemplo, era que había sido decisión suya que vivieran cada cual en su propia casa. Thomas había estado de acuerdo. Sin embargo, tan solo mantenían sus respectivas viviendas. En la práctica, siempre estaban juntos. En una inusual conversación de hermanos, Thomas le había contado a Martin que, excepto las noches que tenía que ausentarse por trabajo, el resto las pasaba con Gayle. Las primeras semanas habían sido duras para ella, tanto a nivel anímico como físico. Le estaba costando recuperarse de su anemia y las pesadillas a causa del acoso del que había sido víctima le habían puesto las cosas más difíciles. Pero desde hacía tres semanas, Gayle y Thomas habían empezado a tener vida social. Había un equipo de seguridad con ellos dondequiera que iban, pero mantenían una vida razonablemente normal, a pesar del asedio de la prensa: visitaban a la familia, salían con amigos, tenían citas de pareja… La sensación al verlos juntos siempre era la misma: la de dos personas que se complementan bien y se sienten a gusto el uno con el otro. Teniendo en cuenta que Thomas había sido un alma libre durante treinta y nueve años, su actual situación le parecía a Lawrence un ejemplo perfecto del enorme poder transformador del amor. 

El general dedicó una mirada cariñosa a la pareja acaramelada en el otro extremo del porche, antes de decir:

—No hay tío duro que valga, señores. Ningún hombre se resiste cuando conoce a la mujer adecuada. 

Declan asintió enfáticamente con la cabeza. Que se lo dijera a él, pensó.

—Amén a eso, general.


- VI -

La conversación con su padre no pareció haberla afectado en demasía. Había sido breve, no especialmente hostil y cuando Gayle le había devuelto el móvil, Thomas no había notado más contrariedad de la habitual cuando trataba con el noble. Aún y así, continuó observante, pasando las reacciones femeninas por sus filtros anti-problemas.

La furgoneta había llegado a la cabaña mientras Gayle hablaba con su padre. El aristócrata no había escatimado: los dos hombres que venían a bordo se habían ocupado de descargar el pedido y allí no faltaba de nada en cantidades suficientes para alimentar a un regimiento. 

Una hora más tarde, la barbacoa estaba lista y todos habían ocupado sus sitios en el salón, a donde habían trasladado la mesa para ocho comensales de la cocina, que unida a la que ya estaba allí, les había permitido comer confortablemente. Y eso habían hecho, para asombro de Gayle, comer con muy buen apetito. Las costillas, las salchichas, los vegetales y las patatas habían desaparecido cuarenta minutos después de que se hubieran sentado a comer. Entonces, todos se habían trasladado a la zona del living, donde ahora disfrutaban de las delicatessen que había enviado lord Middleton regadas con vinos añejos y champán de calidad.

Por más que Gayle procuró mantenerse en un segundo plano, permitiendo que la conversación fluyera por temas alejados de ella y su noble familia, el interés de los Eaton, especialmente de los hermanos, por el nuevo miembro de la familia no tardó en convertirla en el centro de todas las preguntas. Thomas se limitaba a observarla en busca de indicios preocupantes y, de momento, continuaba sin hallarlos. Ella parecía relajada, tranquila, y atendía las preguntas sin aparentes señales de incomodidad.

—Bueno, vamos con la chicha, por favor, que después de cuatro años de «te miro, pero ni de coña te toco», la curiosidad me está matando…  —dijo Brady, haciendo reír a los hombres que habían estado con él en la barbacoa. Las mujeres sonrieron con cara de no entender a qué se refería. Aunque, desde luego, lo hicieron cuando Brandy lanzó su propuesta—: ¿Quién sigue contando la historia de estos dos tortolitos? Nos quedamos cuando empezaba a ponerse interesante.

 La mirada del capitán de corbeta Brady Eaton se posó brevemente sobre Martin, quien descartó con un gesto disimulado, y a continuación sobre Declan quien también declinó.

Había una razón para que ambos se negaran: hablar de esa parte de la historia de la pareja suponía traer a Kyle Baxter a la palestra. 

—¿Qué? ¿No hay voluntarios? ¿Voy a tener que recurrir a ese portal de noticias que dijo Martin para enterarme? ¡Que no se diga! —bromeó Brady, algo sorprendido. 

Su curiosidad era auténtica, pues ignoraba buena parte de lo sucedido. Había aterrizado en Londres aquella misma mañana y se había enterado de los planes de su familia de hacer una barbacoa en la cabaña de Thomas, al que se había sumado encantado. Tan solo conocía los titulares de la historia a través de su padre. Dos meses atrás, el general los había llamado a Hunter y a él para contarles que habían herido a Thomas, pero que ya estaba bien. Según les había dicho, Declan le había encargado a Thomas que siguiera al exmarido de una cliente para comprobar si las sospechas de la mujer de que él estaba forzando sus encuentros eran ciertas. Lo eran. Los acontecimientos se habían precipitado y Thomas había acabado convirtiéndose en su guardaespaldas y quien, de hecho, la había protegido de la psicosis de su exmarido. 

Por no saber, Brady ni siquiera había estado al tanto en su momento de que la mujer se había instalado en su piso las dos primeras semanas para protegerse del asedio de la prensa, tras la detención de su acosador. Se había enterado a posteriori, por un correo electrónico de Lenora. Había sido precisamente dicho mensaje el que le había ofrecido el auténtico titular, el que realmente había secuestrado todo su interés: la mujer en cuestión era la hija de Lord George Francis Middleton y Thomas estaba manteniendo una relación sentimental con ella. ¡Sansón al fin tenía novia! Increíble. Pero por más que había intentado sonsacarles información al respecto, nadie había querido soltar prenda. Cantaban las beldades de ella, eso sí; su elegancia, su refinamiento, su saber estar; decían que era una mujer encantadora. Pero en cuanto había intentado cotillear un poco sobre la relación, todos le habían respondido: «Habla con tu hermano». Qué gracia. ¿Se referían a ese hermano que era una tumba para sus asuntos? A pesar de su insistencia, Thomas se había limitado a decirle: «Confirmado: estoy saliendo con Gayle. Si quieres saber más, mueve el culo y ven a vernos, chaval».

En los lugares donde Brady pasaba buena parte del año, haciendo maniobras militares en medio del mar o en misiones de vigilancia marítima en zonas de conflicto, no era fácil mantenerse al día de la crónica social británica. Había acudido a internet siempre que había podido, principalmente a través de la versión online de periódicos que cubrían esa clase de noticias. Sin embargo, los pocos artículos que había leído —con dos o tres párrafos de información en vez del consabido titular en letras grandes acompañado de una colección de instantáneas de la pareja haciendo algo tan trivial como tomar café en alguna cafetería de la ciudad— le habían resultado demasiado rocambolescos para darles crédito. 

—¿Dónde te has quedado? —dijo Jana, inesperadamente.

Brady sonrió divertido.

—En que después de la feria de Lisboa, donde se miraron pero no se sabe si hablaron —matizó, burlón—, tuvieron que pasar cuatro años hasta que, y cito a Martin, «nuestra parejita volvió a ocupar el mismo metro cuadrado de suelo». Y como ahora me digáis que volvieron a mirarse y no se sabe si hablaron… —Su mirada se posó en Thomas al decir—: Te doy una paliza por lerdo. 

Las risas no tardaron en hacerse oír. Al margen de la comicidad de Brady, la historia de la pareja se prestaba muy bien a las bromas. 

Thomas intercambió miradas cómplices con Gayle. Ella sonreía y le seguía pareciendo tranquila.

—Esta vez hablaron, aparte de mirarse —aseguró Jana—. Fue en mi casa. Declan ya le había asignado a Thomas ocuparse de Gayle. Vino a recogerla para llevarla al trabajo. Y he de admitir que ella se las arregló para mantener el tipo con bastante garbo… —Le echó una mirada divertida a su amiga.

Thomas soltó una carcajada.

—Querrás decir que se hizo la desentendida —puntualizó. Imitando una voz femenina, añadió—: «Soy Gayle Middleton. Ya estoy lista. Cuando quiera, podemos irnos». Yo pensé: «Ya veo, te haces la tonta», así que le dije: «Sí, la conozco. Y usted a mí. Aunque no nos han presentado formalmente, soy Thomas Eaton», por ver qué respondía. Entonces, ella sacó a relucir una de sus sonrisas de muerte y, ¿sabéis lo que me dijo? «Nos hemos visto antes, ¿verdad?». ¡Joder! —exclamó sacudiendo la cabeza genuinamente divertido—. ¡Es la reina del despiste!

Gayle sonrió con picardía, pero no hizo comentarios.

—¡Qué fuerte! ¿Y después? —insistió Brady, divertido.

Y después, pasó de todo: bueno, buenísimo, malo, aterrador… Alucinantemente bueno. Lo mejor de mi vida. 

Un abanico sorprendente de vivencias que Thomas no pensaba detallar. No quería agitar las aparentemente tranquilas emociones de Gayle. La miró durante unos instantes antes de responder:

—Digamos que tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero hemos seguido mirándonos mucho y hablando mucho… Ella más que yo —matizó con ojitos traviesos—. Y aquí estamos.

Gayle por fin habló.

—No hemos vuelto a separarnos desde entonces.

Thomas concedió a lo dicho por su chica asintiendo con la cabeza. Él había intentado cortar por lo sano una vez al pedirle a Declan que lo sacara del servicio de Gayle y ella, otra, al marcharse de la cabaña cuando él aún dormía, dejándole aquellas líneas que tenía grabadas a fuego en el corazón. Ninguno de los intentos había prosperado. 

Brady se quedó cortado.

—Desde entonces, ¿cuándo?

—Desde esa mañana que fue a recogerme para llevarme al trabajo y yo me hice la tonta —reconoció Gayle, cómicamente—. Hoy hace dos meses y una semana.

Brady soltó un silbido aprobatorio. Todos rieron.

—Sí que fue fulminante, ¿eh? 

—¿Entiendes ahora por qué solo la miraba? —bromeó Thomas.

—¿Y qué dice tu padre a todo esto?

—¡Barbaridades! ¿Qué otra cosa va a decir ese hombre? —intervino Danna. Enseguida cambió el tono y se disculpó con Gayle—. Perdona, cari… Es que cada vez que me acuerdo de tu padre…

—Por lo que se ve, no le tienes demasiada simpatía que digamos…

Fue Alex quien respondió en primer lugar, negando enérgicamente con la cabeza. Si algo había dejado claro Danna en el tiempo que la conocía, era que defendía a Gayle a ultranza con la misma fiereza que detestaba a su padre. 

Danna echó una rápida mirada a Gayle antes de responder.

—No tienes la menor idea de cómo es ese hombre, Brady… Ha intentado enemistarnos de todas las formas posibles. Lleva veinte años intentándolo sin descanso, que se dice fácil. 

—No lo conseguirá —musitó Gayle, posando su mano sobre la de Danna afectuosamente.

—Jamás —aseguró Danna.

—¿Y eso por qué? ¿Porque no le caes bien? —insistió Brady.

—No es que no le caiga bien, es que no me soporta. Está acostumbrado a que la gente le obedezca sin rechistar, a que le teman. A mí nunca me ha dado miedo y no soy de las que se callan ante las injusticias. Nuestros encontronazos han sido épicos. No me soporta y encima no pertenezco a su mismo círculo social. Según él, Gayle no debería codearse con gente como yo. 

Brady asintió. Miró a Danna unos instantes, luego a Jana y a Declan, y, finalmente, a Gayle.

—No parece que hagas mucho caso a las opiniones de tu padre. Es solo una observación, ojo. Lo digo porque tus amigos no son lo que se supone que él espera. Ya no hablemos de tu pareja… —añadió, mirando a Thomas con humor—. Es el que menos encaja de todo en sus esquemas.

Gayle le ofreció una sonrisa amable.

—Las he escuchado y tenido en cuenta durante mucho tiempo. Un día comprendí que, al margen de mi apellido y del estatus social de mi familia, no es asunto de nadie con quién decido relacionarme. En pocas palabras: no comparto el punto de vista de mis padres. A mí me importan las personas, su calidad humana, lo que me aportan como seres humanos y lo que yo puedo aportarles a ellos. Me es totalmente indiferente en qué parte de la ciudad viven.

—¡Esa es mi chica! —exclamó Danna, rodeando a su amiga con los brazos efusivamente.

Brady miró brevemente a Thomas. Él, para variar, tenía sus ojos en Gayle. Le resultó de lo más novedoso notar lo embobado que estaba. 

—Pero no reniegas de la parte de la ciudad en la que tú vives… —dejó caer. 

Notó que la mirada de su hermano ya no estaba en su chica, sino en él y que no era precisamente admiración lo que le comunicaban sus ojos. La de sus padres también. Lenora, de hecho, no se quedó en miradas.

—¿Se puede saber a qué ha venido eso? 

Brady no conocía a Gayle, de ahí que hiciera tantas preguntas, y no tenía por costumbre prejuzgar a la gente, pero querer vivir la vida a su manera sin renunciar a las ventajas de su apellido y el estatus social de su familia no le parecía coherente.

—¿Y por qué tendría que renegar de nada? —lo enfrentó Danna—. Se puede ser una buena persona, una persona decente, y vivir en Chelsea, ¿sabes? Ella es la prueba viviente.

Brady alzó ambas manos en señal de rendición. Alex sonrió para sí al presenciar una vez más lo sensible que era Danna cuando se trataba de su mejor amiga. 

—No se lo toméis en serio —intervino Thomas, lanzándole a su hermano una mirada contrariada—. Es el jet lag que lo tiene atontado.

Gayle posó su mano sobre el muslo de Thomas en una indicación de que no le habían molestado las palabras de Brady.

—Mi familia cree que la estirpe y el estatus social lo son todo —explicó—. Yo, en cambio, creo que las personas somos mucho más que el lugar de donde venimos o el apellido que llevamos. Ambas cosas influyen, sin duda, pero no nos determinan.  Sé que soy una privilegiada. Pertenezco a ese uno por ciento de personas en el mundo que lo han tenido todo desde que nacieron y me siento muy agradecida por eso. No reniego de mis privilegios. Sin embargo, elegí no vivir del apellido de mi padre ni de su dinero. Elegí no moverme en su entorno, más allá de lo estrictamente necesario. Vivo de mi trabajo, al igual que hacen treinta y un millones de compatriotas en la actualidad. Eso, dentro de unos límites, me otorga el derecho a decidir cómo vivir mi vida. 

Brady asintió en un gesto aprobatorio. La explicación de Gayle le resultaba coherente. Ahora sí.

—Pero tu padre no ve con buenos ojos esas elecciones…

Ella hizo una mueca triste y negó con la cabeza.

—¿Y cómo va a afectar eso a la relación que tienes con Tom? —quiso saber.

Thomas saltó como leche hervida.

—¡Eh! Corta el rollo, tío —exigió—. Eso no es asunto tuyo. 

—Claro que es asunto mío: eres mi hermano. Además, seguro que no soy el primero que piensa en esta cuestión… —dijo, lanzando una mirada alrededor a ver quién recogía el testigo.

Lenora lo hizo.

—Ni tampoco eres el primero que la plantea —aclaró, tras un intercambio de miradas afectuosas con Gayle—. Pero no tienes de qué preocuparte, Brady. Gayle tiene todos los hilos muy bien cogidos. 

Ella los contempló a todos con una expresión de asombro y de agradecimiento. Aquella gente nunca dejaba de sorprenderla. El interés que todos se profesaban mutuamente, incluso a pesar del tiempo y la distancia que los separaba, como en el caso de Brady y de Hunter, le llegaba a lo más profundo del corazón. Siendo una privilegiada como era, jamás había tenido eso —el amor fraterno, el sentido de pertenencia a una familia, la camaradería—. Lo había aprendido entre los Eaton.

—Sabía que había tomado la decisión correcta al pediros que os apuntarais a esta aventura —«descabellada», según mi padre—, que para mí, sin embargo, tiene todo el sentido… 

—No solo tu padre piensa que esto es una locura —señaló Thomas—. No había ninguna necesidad de que pasaras por esto.

Brady miró a unos y a otros con el ceño fruncido.

—¿Alguien me explica de qué habláis? 

—Claro. Disculpa, Brady —dijo Gayle.

Se disponía a contarle la razón de que estuvieran allí, algo que Brady ignoraba, puesto que nadie estaba al tanto de su viaje relámpago a Londres, cuando Lawrence intervino.  

—¿Me permites que lo haga yo, Gayle?

Ella concedió con un movimiento de la cabeza.

—Fue aquí donde la policía detuvo a su exmarido. Aquí sucedió todo.

—¡Dios! —exclamó Brady mirando a Gayle horrorizado—. ¿Era real? Algo leí en un periódico sensacionalista. La historia me pareció tan rocambolesca que lo tomé como un invento más de la prensa amarilla…

—Excepto lo recogido en los informes policiales, nada de lo que se publica es cien por cien real, hijo —dijo el general—. Esto sí lo es: fue un día muy difícil para Gayle… Para todos, pero especialmente para ella. Las pesadillas provocadas por lo que vivió aquí le han estado poniendo las cosas muy difíciles. Está en tratamiento psicológico desde entonces.  

—Pero como esta mujer es todo agallas y determinación —señaló Lenora—, al enterarse por mí de que Thomas quizás vendería la cabaña, decidió que no podía permitirlo. 

—Ya. Y menuda has liado por no tener la boca cerrada, madre. Era un simple comentario —se quejó Thomas. Ya le había dado antes un rapapolvo en privado. 

—No era un simple comentario. Antes o después ibas a venderla. E ibas a decírselo cuando ya estuviera hecho para evitar precisamente esto.

—¿Y qué? No es más que una cabaña. ¿Crees que me importa venderla? Pues no me importa. 

—No es solo una cabaña. Te enamoraste de ella en cuanto la viste. Por eso la has comprado. Has invertido tiempo, energía y dinero en ella. Ibas a venderla por Gayle y ella, naturalmente, tenía derecho a saberlo.

—¿Para qué? ¿Para esto? —Sacudió la cabeza contrariado—. ¿Cuándo vais a entender… —Miró a Gayle y precisó—: vas a entender que no tienes que demostrarle nada a nadie y a mí menos que a nadie? Estaba aquí ese día. Estoy aquí hoy. Y todos los días que ha habido entre medias. Sé perfectamente cómo eres. 

Gayle extendió la mano para acariciar la barbilla masculina, pero fue Lenora quien respondió.

—¿Y tú cuándo vas a entender que esto no va de ti? Va de Gayle. De lo que necesita hacer y de por qué lo necesita.

Thomas respiró hondo y apartó la mirada. La tensión en su rostro era evidente.

—Los hombres Eaton sois nobles, leales y fiables como nadie. Todos, sin excepción. Pero cuando se trata de las mujeres de la familia, sois irritantemente sobreprotectores. No somos frágiles damiselas, Tom —remachó Lenora, mirándolo con dureza.  

Hubo un largo silencio y algunos intercambios de miradas. Recién cuando Gayle sintió que Thomas volvía a mostrarse receptivo a sus caricias, tomó la palabra.

—Me inspiras. Todo lo que eres, todo lo que haces y cómo lo haces me inspira profundamente —confesó, mirándolo a los ojos—. No me considero una persona valiente, pero a tu lado… De alguna forma, encuentro el valor necesario para dar un paso al frente aunque esté aterrorizada. Así que se podría decir que tú me haces valiente. —Hizo una pausa para pasear su mirada afectuosa por todos y cada uno de los Eaton—.  Y también me inspira tu familia. Estás muy orgulloso de tus padres y de tus hermanos. Se te nota en la voz cuando hablas de ellos. Y ellos lo están de ti… Cuando tu padre, siguiendo indicaciones tuyas, vino a buscarme a la suite del hotel aquel día, fue un momento muy difícil. Muy tenso. Reconocí tus rasgos, erais familia, pero más allá de eso, no sabía qué pensar. Ni qué hacer. Me asombraba que hubieras recurrido a tu padre. Yo jamás lo habría hecho. Me resultaba tan difícil de creer… Por otra parte, todos decían que era una locura, que debía quedarme en el hotel. Mi padre estaba bramando que todo aquello era un despropósito y mi madre, igual de desquiciada, le preguntó al general: «¿Acaso hace todo lo que su hijo le pide?». Tu padre respondió: «¿Acaso usted no?». Para mí fue suficiente. Nada define mejor la enorme confianza que tenéis los unos en los otros que esas tres palabras. 

Gayle se inclinó a servirse un poco de agua. Al ver que su mano temblaba perceptiblemente, Thomas cogió la jarra con suavidad, rellenó el vaso y se lo tendió. Ella sonrió agradecida. Bebió dos buenos sorbos antes de continuar.

—Entonces ignoraba que ya habíais pasado por esto… 

El silencio en el salón fue total. El general tragó saliva en un intento por contener la angustia que la ola de recuerdos le provocó. Nadie había esperado que Gayle se refiriera a un suceso terrible que había marcado la vida de los Eaton. 

Thomas sintió que se derretía de amor por ella. No podía creer que, en medio de las terribles emociones a las que había estado haciendo frente aquel día, aún fuera capaz de encontrar espacio para la empatía. 

Gayle continuó.

—Debió ser muy duro volver a hallaros en la misma situación. Así que pensé que también vosotros necesitabais ganar esta partida. Os pedí ayuda porque no podía fallar, pero también porque, si salía bien, podríais celebrarlo conmigo. —Su voz se cortó al reconocer—: Volver a estar aquí ha sido mucho más duro de lo que esperaba, pero estoy bien. Estamos bien —aseguró, apretando amorosamente la mano de Thomas que sostenía en la suya—. Esta vez la historia tiene un buen final y mi acosador se enfrenta a una petición de dieciocho años de cárcel. Hemos ganado. Por todas esas mujeres que no lo han conseguido, por todas las que aún sufren los estragos, a pesar de haber sobrevivido… —dijo en referencia a Jana, a quien no miró ni nombró—. Esta vez ha salido bien. Nos merecemos celebrarlo todos juntos.

El silencio se adueñó del salón. El recuerdo de la única hermana mujer del general Eaton y del terrible momento en que habían descubierto que ya no había nada que hacer, que habían llegado tarde, pesó sobre todos como una losa, dejándolos paralizados. Y quienes no pertenecían a la familia, se mantenían callados en señal de respeto. Jana tenía los ojos llenos de lágrimas y Danna intentaba contener las suyas sin demasiado éxito.

Gayle empezaba a sentirse confusa por la situación. Estaba segura de que sus corazones necesitaban alguna compensación para sanar una herida tan terrible… Sin embargo, quizás aún no estuvieran preparados para eso y compartiendo su certeza tan solo había conseguido que el dolor fuera más grande.

Entonces, sintió que la levantaban del sofá como si fuera una pluma y de repente se encontró en los brazos de Thomas, pegada a él, y con los pies en el aire.

—Siempre vas dos pasos por delante de mí… —murmuró él junto al oído femenino sin dejar de estrujarla entre sus brazos—. Ni idea de cómo lo haces, pero siempre me dejas pasmado… Gracias por este momento. Gracias por recordarnos que a veces estos cabrones se llevan su merecido y que cuando pasa hay que festejarlo. Pasa tan pocas veces… Por eso, con mucha más razón, hay que celebrarlo. Y gracias por ser así, nena… Eres la persona más alucinante que he conocido jamás…

Casi al mismo tiempo sucedió algo más: Alex se puso en pie.

—¡Victoria! —exclamó con un puño en alto.

Lenora saltó de su asiento con una sonrisa inmensa en el rostro.

—¡Victoria! —exclamó.

Martin no tardó en imitarla.

—¡Victoria! 

—¡Ya te digo si es una victoria! —dijo Brady, sonriendo, al tiempo que se ponía de pie y lanzaba un puñetazo victorioso al aire.

Declan fue el siguiente y, en último lugar, lo hizo un emocionado Lawrence, que levantó su puño, pero no pudo pronunciar una palabra.

Thomas y Gayle intercambiaron miradas amorosas. Él la liberó de su abrazo, la tomó de una mano y ambos fueron a reunirse con sus hermanos.

—¡Victoria! —gritó, y elevó sus dos puños, elevando también un brazo de Gayle.

Entonces, tuvo lugar una escena conmovedora: los Eaton se abrazaron. Se animaban entre ellos, consolaban a su padre, que a duras penas conseguía contener las lágrimas, y chocaban los cinco, triunfales. Pronto formaron un piña, encerrando en su abrazo a su padre, a su madre y a Gayle. Invitaron a Jana, Danna y Declan a que se sumaran al grupo y su contagiosa alegría ocupó el lugar donde unos instantes atrás solo había silencio y recuerdos dolorosos. 


* * * * *


—¿Qué celebración es esta sin alcohol? —bromeó Brady—. Con perdón de nuestro médico aquí presente, claro. 

Cuando lo dijo, ya estaba cogiendo dos botellas de champán de las que había enviado el padre de Gayle, que estaban encima de la mesa donde habían estado comiendo.

—El médico aquí presente también beberá —repuso Martin—. Lo ha enviado el padre de Gayle así que seguro que debe ser el mejor del mercado. ¡No pienso perdérmelo!

Ella no tardó en dirigirse a la mesa para recoger algunas copas. Comprobó la etiqueta de una de las botellas que aún esperaba allí a que alguien la descorchara y asintió en un gesto aprobatorio. Todos los productos que había enviado eran exquisiteces de la mejor calidad.

—No lo hagas —le aconsejó—. Mi padre tiene un paladar exquisito. Eso no puedo negárselo.

—Propongo que descorchemos las botellas y dejemos que la anfitriona sirva las copas —dijo Brady y con una sonrisa pícara, añadió—: Así, yo seguiré haciendo preguntas y, con un poco de suerte, ocupada en no derramar el champán, lograré pillarla en algún renuncio…

Danna se rio de buena gana.

—Yo no apostaría por eso… Lo suyo son años y años de experiencia en el arte de la diplomacia. Es una experta en esquivar preguntas incómodas —dijo, haciéndole un guiño a su amiga.

—¡Y en poner cara de póker! —apuntó Jana, risueña.

«Y en volverme loco de remate», pensó Thomas, comiéndosela con los ojos. 

—Bueno… Yo lo intentaré igual y que gane el mejor —celebró Brady—. Antes, mi madre dijo que no tenía que preocuparme por Sansón porque Gayle tenía los hilos muy bien cogidos. —Miró a su madre—. ¿Qué querías decir, Lenora?

—¿Por qué me lo preguntas a mí? ¿No dices que es a ella a la que quieres pillar en un renuncio? ¡Venga, ánimo, chico! ¡Te deseo mucha suerte en la aventura! 

Gayle ya había servido champán en las copas y empezaba a repartirlas cuando Brady volvió a hablar.

—Vaaaale, te lo pregunto a ti, Gayle. Tu padre da la impresión de ser alguien que siempre se sale con la suya. Y en este caso, salirse con la suya supone apartarte de Thomas y de nosotros. ¿Cómo es que tienes los hilos tan bien cogidos?

Ella respondió mientras le entregaba a Lenora su copa.

—Yo también soy una persona decidida a hacer las cosas a mi manera. En este caso, eso suponía oponer una fuerza suficiente para impedir que él impusiera su voluntad. —Añadió con simplicidad—: Y es lo que he hecho. —Tras lo cual, cogió otra copa y se la tendió. 

Brady le agradeció el champán, dio un sorbo y depositó la copa sobre la mesa antes de decir:

—¿Lo has amenazado con desvelar sus secretos a la prensa o algo así? —bromeó—. No me imagino a ese hombre reculando, la verdad. Por lo que contáis, parece ser de los que cargan contra viento y marea.

Vio que todos sonreían, pero no lo hacían por su broma. Estaba claro que conocían la respuesta, por eso sonreían.

—¿Qué has hecho? —insistió, divertido.

Ella le entregó una copa al general y se volvió a mirar a Brady.

—Le advertí que si se entrometía, me cambiaría el apellido —dijo y sonrió al ver la expresión del capitán de corbeta.

—¡Nooo! —explotó él, partiéndose de risa, en una mezcla de asombro y diversión—. ¡Pero qué fueeerte! ¡Chica, me has dejado KO! 

—¡A grandes males, grandes soluciones! —exclamó Danna, echándose a reír. Aquel día se lo había pasado en grande viendo al viejo dictador entrar en pánico ante el desafío de su hija.

Entonces, comenzaron los comentarios y las bromas. La mayoría de los allí presentes estaban en la casa aquel día y, aunque no habían oído lo que Gayle le decía a su padre, los bramidos del noble les habían dado pistas suficientes.

—¡Y tan fuerte! —se rio Martin—. ¡Los rugidos del hombre hicieron temblar los cristales de tu casa, tío!

—¿Encima fue en mi casa? ¿A nadie se le ocurrió grabarlo? ¡Me lo pierdo todo! 

—¿Grabarlo? —dijo Alex, al tiempo que sacudía la cabeza—. ¡Nos quedamos de piedra! Y encima, Tom estaba en la cocina, con Gayle y con su padre. Te juro que pensé que iba a correr la sangre…

La mirada burlona de Brady se posó en Sansón. Notó que la de él, en cambio, no se apartaba de Gayle. Era como si no hubiera nadie más que ella en el salón.

—¿Y no corrió?

—No, no corrió —intervino el general, mirando orgulloso a Thomas, que una vez más no se dio por aludido.

—¿Puedes hacer algo así? —se interesó Brady, que todavía seguía dándole vueltas al órdago que había lanzado Gayle a su padre.

Ella sonrió con simplicidad. Ahora sabía que la ley le amparaba, pero en aquel momento, no. Había sido su indignación la que la había llevado a enfrentarse a su padre de esa forma. 

—Por lo visto, sí. ¡Se puso como un basilisco!

Brady se lanzó a aplaudirla enérgicamente.

—¡Chica, eres lo más! ¡Menudas agallas! —concedió y, esta vez, no bromeaba—. Y no lo digo solo por plantarle cara a tu padre, sino porque… Oye, has sido una Middleton toda tu vida. Es una cuestión de identidad. Así es como tú te identificas. Como todos te conocen. Tus amigos, tus contactos, tus compañeros de trabajo, tus clientes o, bueno, en tu caso, los benefactores con quienes tratas… Y, de repente, un buen día, ya no eres Gayle Middleton. Eres Gayle… —Hizo un gesto al azar con una mano.

Se disponía a soltar el primer nombre que le pasaba por la cabeza cuando Thomas salió de su estado de embobamiento amoroso. 

—¿Qué tal Eaton? —dijo.

Las risas y las pullas cesaron de repente. Los intercambios de miradas interrogantes ocuparon su lugar. Todos se preguntaban lo mismo: ¿Aquello era lo que parecía? Y se respondían lo mismo: ¡Imposible!

Durante unos instantes, Gayle se quedó inmóvil, con una copa destinada a Alex en una mano y el corazón bailando un rock and roll en el pecho.

Al fin, lentamente, sus ojos, brillantes como un cielo estrellado, se dirigieron hacia Thomas. La intensidad de la mirada masculina la hizo estremecer. 

«No está bromeando», pensó. 

¡Dios, no está bromeando! ¡Qué locura!

Porque sin duda lo era; la mayor locura de su existencia. Tras una vida protocolaria, en la que cada paso del camino había sido planificado cuidadosamente, la propuesta de Thomas era como estar al borde de un alto acantilado sobre el mar, sin más asidero que su mano fuerte y segura agarrando la suya, y saltar.

Sin embargo, en aquel momento, nada tenía más sentido para Gayle que aceptar el desafío…

Y lanzarse. 

Abrazar esta nueva oportunidad que se le brindaba con confianza y alegría, sabiendo que, esta vez, lo hacía junto al compañero correcto: el hombre de su vida. 

Los instantes fueron en realidad como siglos para Thomas. Tanto que en algún momento, se había puesto de pie de pura impaciencia, sin ser consciente de que lo hacía. 

De lo que sí era plenamente consciente era de que acababa de soltar una bomba en mitad del salón. Su propuesta era muy audaz tratándose de un día cargado de emociones intensas para Gayle. Había sido osado, sí —«Osadía» era su tercer nombre—, pero no impulsivo. Estaba muy seguro de lo que hacía. Era hora de dejar de pernoctar cada día en una casa y de que tuvieran un hogar, uno para los dos. Era hora de empezar a construir un futuro juntos. No había nada en el mundo que deseara más. Por lo tanto, el siguiente paso estaba claro. 

Suspiró cuando ella (¡al fin!) esbozó una sonrisa. Observó que no era una de sus sonrisas diplomáticas. Esta era algo tímida, pero dulce y muy cálida. Se las arregló para aguantar el tirón lo mejor que pudo y permaneció mirándola en silencio. Era su turno de hablar. 

Y como no lo hagas ya, nena, me va a dar algo.

—Es un apellido con una gran historia y mucho prestigio —concedió ella con suavidad—. Sería un honor llevarlo.

Thomas ignoró los mazazos de su propio corazón y avanzó hasta ella. Tomó la copa que Gayle sostenía en la mano y la dejó sobre la mesa ratona. Sus ojos regresaron sobre ella, rabiosamente intensos.

—¿«Sería» o «será»?

—Bueno… Imagino que estará muy solicitado, ¿no? —coqueteó.

Thomas la tomó por la cintura. Los dos se estremecieron.

—Tranquila, si lo quieres, te lo reservo. 

Ni un titubeo. Ni una sombra de duda. La respuesta de Gayle fue categórica:

—En ese caso, sí, lo quiero. —Tu apellido, tú, una vida juntos. Lo quiero todo.

Thomas escondió un suspiro tras su sonrisa canalla que tantos estragos causaba en ella.

—¿Estás segura? —la desafió—. Mira que no se aceptan cancelaciones…

Gayle le pasó los brazos alrededor del cuello y lo miró directamente a los ojos.

—Nunca he estado más segura de algo en toda mi vida.

—Tampoco yo —afirmó él.

 Y un instante después, como si estuvieran a solas, la pareja se fundió en un largo y apasionado beso.

Danna y Jana ya bailaban de alegría y daban palmitas en sus respectivos asientos cuando se oyó la risa de Brady. La segunda carcajada en toda regla fue de Martin, acompañada de una pregunta.

—¿Sansón acaba de proponerle matrimonio a su chica en nuestras narices? ¡Qué va, qué va, qué va! ¡A este champán le han puesto algo y estamos todos alucinando!

—¡Y ella le ha dicho que sí, hermano! ¡Toma alucine! —festejó Brady, mirando asombrado a la pareja—. ¡Si me pinchan, no sangro!

—¿Esto va en serio o nos están tomando el pelo? —terció Declan. Sí que había sido rápido su socio en los asuntos del amor, pensó con un poco de envidia. 

—¡Y tan en serio! —apuntó Lenora encantada, mirando satisfecha a su hijo y a su futura nueva—. ¿No os parece que hacen una pareja fantástica?

Lawrence rodeó los hombros de su mujer con un brazo y la atrajo hacia él en un gesto cargado de cariño.

—Desde luego que sí, cariño.

 Alex no lograba apartar los ojos de la pareja, que a escasos dos metros de él, continuaba sumergida en su propio mundo de besos y caricias. Sobre todo miraba a Thomas con una mezcla de orgullo y asombro. Lo admiraba desde que era un niño y hoy le había vuelto a demostrar que era totalmente digno de ella. Su claridad de ideas, su gran confianza en sí mismo y su audacia a prueba de balas eran una inspiración para él. Las había visto en acción durante años en el terreno profesional; hoy las estaba viendo en el terreno más personal de todos. Su hermano era lisa y llanamente un crack.

Se levantó y fue hacia ellos con decisión.

—Bueno, vale, ya está bien. ¡Basta de carantoñas! ¡A sus rincones! —dijo, separándolos físicamente como si estuviera arbitrando un combate de boxeo. A continuación, se dirigió a los demás—. ¿Y vosotros qué hacéis ahí? ¡Solo os faltan las palomitas! ¡Que esto no es una peli, señores! Un Eaton acaba de prometerse y eso no pasa todos los días… 

—¡Una vez cada muerte de obispo, dirás! —intervino Lenora, risueña. 

Alex asintió con una sonrisa maliciosa.

—No sé cuál es vuestro plan, señoras —les dijo a su madre, a Jana y a Danna—, pero nosotros… —Su mirada recorrió a los hombres presentes—. ¿No vamos a darle una buena manteada a Sansón? 

Un coro de «¡claro que sí!» y «¡Sansón no se va a librar!» resonó en la estancia. De pronto, no había nadie sentado en todo el salón.

Thomas miró a Gayle con cara de dolor, haciéndola reír. Y, un instante después, como era habitual en él, se creció. 

—Eso será si me cogéis —los desafió. A todos, pero principalmente a Alex—. ¿Te apuestas algo a que no?

No esperó respuesta. 

Le robó un beso por sorpresa a Gayle, musitó un «te adoro» sobre sus labios…

Y echó a correr como alma que lleva el diablo fuera de la cabaña perseguido muy de cerca por sus hermanos, su padre y su socio. Ese fue el comienzo de una «cacería» que se extendió durante un buen rato y que, para diversión de las mujeres que los miraban desde el porche, acabó con todos completamente cubiertos de barro.

Otro nuevo y luminoso momento vivido en aquella cabaña en mitad del bosque que Gayle y Thomas recordarían con alegría el resto de su vida.

--- 🔷 ---

¡Y ha llegado la hora de despedirse de Gayle y Thomas! Esta pareja me ha regalado momentos increíbles y estoy bastante segura de que volveremos a saber de ellos 🩷

«Una vez no basta» ha sido mi primera (tímida) incursión en el suspense romántico y me gustaría conocer tu opinión. Te agradecería mucho que respondieras a esta pequeña encuesta anónima de cuatro preguntas. ¡Gracias de antemano!

¿Me ayudas respondiendo estas preguntas?

Todos los campos con asterisco deben rellenarse.

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CRS-04. Una vez no basta, ¡ya tiene su sinopsis! 



¡Hola, Romántica!

¡Habemus sinopsis! 🎉🎉🎉 ¡Sí, señora! ¡Qué contenta estoy!

Existe una buena razón para tanta alegría: Escribir una novela de suspense romántico ha sido muchísimo más fácil que idear una sinopsis acorde. ¡Quién lo hubiera dicho!

Seguro que habrás oído eso de que a la mayoría de los escritores (¡por no decir a todos!) se nos atragantan las sinopsis. Ofrecer tan solo flashes atractivos (¡y sin spoilers!) de algo que nos ha tomado tanto tiempo escribir no es tarea fácil. Es un arte que tiene todo que ver con el marketing ¡y casi nada que ver con escribir ficción! 

En este caso, se suma el hecho de que la novela en cuestión introduce, por primera vez en mi carrera, una trama de suspense… Esto quiere decir que la sinopsis se me atrangantó por partida doble 😂

Ha tomado su tiempo y varias rondas de ajustes dar con una versión que me gustara y hoy vengo a presentártela. ¿Preparada? ¡Vamos con ella!


Una aristócrata acosada por su ex. Un rudo guardaespaldas. Una atracción irresistible…

Gayle Middleton lo tenía todo: una posición privilegiada, un futuro perfectamente trazado y un apellido capaz de abrir cualquier puerta. Hasta que decidió empezar a vivir según sus propias reglas.

Ahora, alejada de la vida que siempre conoció y tratando de mantenerse a salvo de un ex que se niega a aceptar el final de su relación, Gayle descubre que la libertad tiene un precio mucho más alto de lo que imaginaba.

Thomas Eaton es un hombre práctico, acostumbrado a resolver problemas y a mantener las distancias. Como guardaespaldas, sabe que involucrarse emocionalmente nunca es una buena idea.

Sin embargo, desde el momento en que sus caminos se cruzan, entre ellos surge una atracción inmediata e imposible de ignorar. 

Pero mientras la atracción entre ellos se intensifica, la amenaza que se cierne sobre Gayle también aumenta. Y cuando el pasado regrese dispuesto a reclamar lo que considera suyo, Thomas tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar para protegerla.


Una vez no basta es la primera incursión de Patricia Sutherland en el suspense romántico.


¿Qué te parece? Conoces la historia, ¿crees que la presenta de manera atractiva? ¡Ya me contarás!

Pronto tendrás la versión digital no descargable en tu biblioteca. Te avisaré cuando la haya subido. La versión impresa tendrá que esperar un par de meses, puesto que antes de entrar en imprenta quiero que pase por las manos de mis lectoras Beta. 

¡Sigue en antena que pronto vuelvo a presentarte la portada de Una vez no basta!

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CRS-04. ¡Una vez no basta ya tiene portada!



¡Hola, Romántica!


Al fin ha llegado el momento de ponerle «rostro» a la historia de Gayle y Thomas. Es este:

CRS-04. [Portada] Una vez no basta por Patricia Sutherland

Habrás notado que es bastante diferente a las portadas mías que conoces… ¡Y tan diferente! 

Como sabes, siempre he rehuído los torsos desnudos o ligeros de ropa en mis portadas porque, aunque son un buen reclamo, comercialmente hablando, sentía que no tenían que ver con lo que mis lectoras encontraríais dentro de la novela. 

Sin embargo, en este caso, sí lo tiene. La atracción entre los protagonistas de «Una vez no basta» cumple un papel fundamental en la historia y creo que esta portada lo refleja con fidelidad y elegancia. ¡Espero que te guste!

¡En breve, tendrás la versión digital no descargable en tu biblioteca! 

Nota: La versión impresa tendrá que esperar un tiempo, puesto que antes de entrar en imprenta, deberá pasar por las manos de mis lectoras Beta.

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